Lecciones de la universidad de la vida
12. Mirando hacia atrás
Cuando uno ha pasado de los setenta y cinco años, ha llegado a esa etapa de la vida en que se lo piensa dos veces antes de decidir si todavía merece la pena encargarse un frac nuevo, y entonces se le permite mirar hacia atrás, al camino recorrido.
Lo natural sería ponerse a predicar y allanar a los caminantes las dificultades del sendero; pero ¿no sería mejor señalarles algunas de las alegrías que, de otro modo, se perderían?

Lo que más te sorprende cuando miras hacia atrás es lo deprisa que has llegado hasta aquí. ¡Qué breve es el paso por la tierra! Por eso conviene no malgastar en cosas que al final no cuentan lo poco que uno puede dar; y, por otro lado, la vida no hay que tomársela tan en serio como hacen algunos. Ahí es donde cualquier hombre puede alcanzar el éxito.
Hay ideas muy distintas de lo que es el «éxito»: dinero, posición, poder, hazañas, honores y cosas por el estilo. Pero eso no está al alcance de cualquiera, o no da lo que es el verdadero éxito, que es la felicidad. La felicidad, en cambio, está al alcance de todos, porque, si la destilas, consiste solo en la satisfacción de haber hecho por los demás lo que estaba en tu mano.
Como resume sir Henry Newbolt: «La verdadera prueba del éxito es que una vida haya sido feliz y haya dado felicidad».
Autocomplacencia
Creo que los adoradores del diablo de Oriente creen que el diablo gobernará el mundo durante seis mil años y que después Cristo lo gobernará durante otro periodo igual. Ahora le toca el turno al diablo, y su reinado puede describirse como autocomplacencia, o falta de amplitud de miras y de perspectiva.
Se ve hoy en cada individuo, en cada clase, secta o nación.
Cada uno de nosotros está metido en su propio surco, ya sea el Ejército, la vida de club, el deporte o cualquier otro.
Del mismo modo, solo vemos a nuestra propia clase social.
La educación no ha conseguido más que hacer eruditos.
La religión no ha conseguido más que hacer clérigos.
El nacionalismo no ha conseguido más que la autodeterminación de cada país.
El cristianismo, es decir, el amor compasivo puesto en práctica, no está presente en el mundo como lo estuvo en otro tiempo.
En el Movimiento de los Boy Scouts y de las Girl Guides nos esforzamos por desterrar la autocomplacencia inculcando en los jóvenes una visión amplia de buena voluntad y servicio mutuos.
No pretendemos que el Escultismo haga milagros; pero, como ha crecido con una rapidez tan extraordinaria como hermandad en países tan diversos, sin fijarse en clases, credos ni razas, se puede esperar sin ninguna duda que sea un paso firme en la dirección deseada.
Consejos
Cuando miro hacia atrás en mi vida, veo que he tenido en todo momento una suerte espléndida. Por ejemplo, tuve la suerte de vivir la época de mayor evolución y más interesante de la historia del mundo, en la que llegaron en poco tiempo los automóviles, los aviones, los aparatos de radio, Tutankamón, la Gran Guerra, la convulsión del mundo y otras muchas cosas.
También me he encontrado con mucha bondad en todas partes, no solo de los amigos, sino también de los desconocidos.
También tuve la suerte de vivir dos vidas distintas: la primera como soldado y soltero; la segunda como pacifista y padre de familia. En las dos he tenido el Escultismo como rasgo propio, y en las dos he sido inmensamente feliz.
Eso no significa que no haya tenido dificultades y pruebas que afrontar, pero han sido la sal que ha dado sabor al banquete.
Gracias a ellas he descubierto que una sonrisa y una canción te sacan adelante, y que en noventa y nueve casos de cada cien es la sonrisa la que hace la canción.
(Cuando estés nervioso o enfadado, haz un esfuerzo: levanta las comisuras de la boca y sonríe, y verás lo que vale este consejo).
«Poco a poco se atrapa al mono» es un refrán de África Oriental que vale mucho. Una gran cantidad de hombres fracasan por falta de constancia.

He llegado a dominar pocas cosas, pero he sido aficionado a muchas, y por eso he disfrutado de la gran cantidad de cosas buenas que el mundo tiene para ofrecer.
¿Has pensado alguna vez que la vida adulta de un hombre de setenta años suma 291 000 horas despierto?
Muchos hombres duermen ocho horas cuando con siete les bastaría. El que duerme siete horas gana a lo largo de su vida tres años o más de vigilia.
Me ha resultado un buen sistema imaginar que me han regalado esos tres años más de vida. Entonces sientes que tienes tiempo para hacer cosas, y cuando tienes grandes sueños, llega de verdad la felicidad.
No hay que desperdiciar el tiempo.
Los jóvenes, desde luego, no quieren que los guíen los viejos de la retaguardia; pero, al mismo tiempo, sé que en mi caso aprendí mucho estudiando el carácter de los jefes a cuyas órdenes serví a lo largo de los años.
Lord Wolseley, por ejemplo, decía: «Usa tu sentido común más que las instrucciones de los libros».
Sir Baker Russell daba responsabilidad y confianza a sus oficiales. Además, daba órdenes rápidas para tomar decisiones rápidas y, fueran acertadas o no, las llevaba hasta el final. Sir Henry Smith era exactamente lo contrario: ponía un cuidado meticuloso en pensar las cosas en la dirección correcta y en usar siempre las palabras exactas, de modo que nunca cometió un error.
Cecil Rhodes, por su parte, tenía una visión amplia, pero también sabía ver los detalles.
Lord Roberts era de los que usaban esa poderosa palanca que es el trato humano, y lord Plumer siempre jugó para su equipo, sin buscar nada para sí mismo.
Sir Bindon Blood, con toda su experiencia, estaba siempre dispuesto a aprender.
Sir Frederick Carrington se enfrentaba a las dificultades y acababa con ellas con una risa contagiosa.
Este estudio de caracteres de carne y hueso me ayudó, y puede resultar útil a quien quiera aprovecharlo.
A menudo animo a mis jóvenes amigos, cuando se enfrentan a un adversario, a que «jueguen al polo» con él: es decir, a no ir directamente contra él, sino a cabalgar a su lado y empujarlo poco a poco fuera de nuestro terreno. Y a no perder nunca la calma con él: si tienes razón, no te hace falta enfadarte; y si no la tienes, no te lo puedes permitir.
En una situación difícil, una guía que nunca falla es preguntarse: «¿Qué habría hecho Cristo?». Y luego hacerlo, lo más fielmente que uno pueda.
Quizá el mejor consejo resumido sobre cómo vivir me lo dio mi viejo director del colegio, el doctor Haig Brown, en 1904, cuando escribió su «Receta para la edad adulta»:
Una dieta moderada y frugal, libertad de apuros económicos, mucho trabajo y poco descanso, más amor al deber que al placer, una mente serena y coherente, caridad con toda la humanidad, algunos pensamientos demasiado sagrados para mostrarlos a la luz del día corriente, un hogar en paz, una esposa amorosa, hijos, que son la corona de la vida: esto alarga la vida del hombre más allá del breve plazo del salmista.
(N. del T.: el salmista fija en setenta años la duración de la vida humana, en el Salmo 90).
Al contemplar mi propio «breve plazo», hay dos recuerdos luminosos, entre muchos, que me vienen a la mente sin pensarlo:
En la Vida número 1, los tiempos duros entre buenos compañeros en la tierra abrasada por el sol de la campaña de Matabele; y en la Vida número 2, una manita tibia que tira de mí hacia abajo hasta que sus dos brazos pueden rodearme el cuello, y entonces, con un beso suave y húmedo, ella me susurra: «Solo un cuento más de buenas noches, papá».
Vesperascit
(N. del T.: en latín, «Se hace tarde, anochece»).
Escribo esto sentado en mi jardín, al final de un día perfecto de finales de septiembre. El sol brillante del atardecer da un tono nuevo a las luces y las sombras de los bosques que se apiñan abajo, y un resplandor violeta cubre las tierras altas por donde he caminado.
En el aire flota el aroma de las rosas y del escaramujo. Un grajo grazna adormilado en los olmos cercanos, respondiendo a la llamada lejana de una paloma. Una abeja zumba soñolienta sobre los alrededores de su colmena. Todo es paz en casa mientras oscurece y la noche se nos echa encima.
Ella se acerca a mi lado, en un silencio de camaradas: la que ha compartido el trabajo del día y también su alegría. Es bueno descansar, honradamente medio cansado, mirar hacia atrás y sentir que, aunque uno ya ha tenido su día, y a pesar de sus propias limitaciones, no ha sido un día aburrido, porque lo ha disfrutado al máximo y tiene la suerte de ser rico por tener pocas necesidades y menos remordimientos todavía.
Por una ventana del piso de arriba llega la charla alegre de los jóvenes que se van a la cama.
Mañana llegará su día.
Ojalá sea tan feliz como lo ha sido el mío. ¡Dios los bendiga!
Para mí, pronto será la hora de irme a la cama. Así que:
«¡Buenas noches!».
«El sueño tras la fatiga, el puerto tras el mar borrascoso, el descanso tras la guerra, la muerte tras la vida: todo eso agrada mucho».
(N. del T.: versos del poeta inglés Edmund Spenser).