Lecciones de la universidad de la vida · 8. La Policía de Sudáfrica
El espíritu vence a lo imposible
Siempre he sostenido que, si hay buen espíritu, se le puede quitar el «im» a la palabra «imposible», y así se demostró en los primeros días de la Policía de Sudáfrica.

El espíritu de los oficiales y de los hombres era indomable. Mal alimentados en buena parte, mal vestidos y viviendo en los refugios que podían improvisar, seguían adelante. En una ocasión destaqué su comportamiento cuando los encontré cavando trincheras bajo una lluvia intensa y continua, desnudos, para mantener seca la única muda de ropa que tenían.
Un fragmento de una de mis cartas al ayudante general dice: «Nuestros caballos están en buen estado, y el transporte está organizado y funciona bien. Nuestros hombres van hechos harapos y hacen un trabajo realmente duro en las expediciones nocturnas y las emboscadas. No han tenido descanso en once meses, pero están llenos de ganas y de ambición por trabajar en campaña».
Así que, a pesar de todas las dificultades, en junio de 1901 los policías eran ocho mil, de los diez mil previstos en su plantilla, montados, equipados, instruidos y trabajando eficazmente en campaña.
Vuelta a casa por enfermedad
Por desgracia, en aquella ocasión fui yo quien no pudo más. Había trabajado muy duro, prácticamente día y noche, desde que llegué al país en julio de 1899. Los médicos movían la cabeza al verme y me dijeron que debía tomarme unos meses de descanso, así que me mandaron a casa.
Al llegar a Southampton me avisaron de que me esperaba un gran recibimiento en Londres, pero las autoridades se portaron de maravilla: pusieron a mi disposición el vagón que llevaba el correo desde el muelle del barco hasta el tren de Londres, y dieron orden al maquinista de que parara y me dejara en Woking. Allí me alojé tranquilamente con mi hermano y con el viejo «Boy» Maclaren, hasta que pude escaparme a mi casa de campo.
En Balmoral
Poco después de mi feliz regreso a Londres, empecé a abrir mi correspondencia y, entre las cartas, me cayó otro bombazo: una invitación oficial, que era una orden, para pasar un fin de semana en Balmoral.
Salí de Londres en el tren de la noche hacia Aberdeen y de allí a Ballater (que, según descubrí, se pronunciaba «Bahleter», a la manera escocesa).
Poco después de llegar, el coronel Davidson, que era el ayuda de cámara, me llevó a dar un paseo por el castillo y sus jardines. Él y yo habíamos viajado juntos a la India en 1876, en el Serapis.
Más tarde, aquel mismo día, el rey Eduardo me mandó llamar a su despacho, donde me pidió que me sentara, y tuvimos una conversación larga y cordial en la que me pidió información.
Al cabo de un rato tocó la campanilla y dijo al lacayo: «Diga a la reina que venga». Me pareció un poco de Alicia en el país de las maravillas.
La reina Alejandra entró acompañada de su pequeño nieto, el actual príncipe de Gales.
Hice una reverencia y le besé la mano, o al menos lo intenté. Me habían advertido de que conseguirlo era un honor realmente raro, porque ella tenía la habilidad de retirar la mano en el momento crítico, de modo que uno acababa besándose ridículamente sus propios dedos. Y eso fue lo que me pasó.
El rey y la reina me preguntaron muchas cosas sobre Mafeking, sobre lady Sarah Wilson y Ronnie Moncrieff, sobre la situación de la guerra en aquel momento y sobre el valor de las tropas coloniales y de la Policía de Sudáfrica.
Fue una conversación larga y amistosa. Al final, con unas pocas palabras afectuosas de agradecimiento y felicitación, el rey me impuso la insignia de compañero de la Orden del Baño y la Medalla de la Guerra de Sudáfrica, y me dijo que debía quedarme unos días de vacaciones en Balmoral.
Además, cuando dejé el castillo dos días después, el rey salió al zaguán a despedirme y me regaló un bastón como recuerdo.
Entonces me llevó aparte y empezó a hablarme con voz seria, lo que por un momento me puso el corazón en un puño:
—Quiero hablar con usted seriamente. Le he observado en las comidas y me he dado cuenta de que no come lo suficiente. Cuando se trabaja como usted lo ha hecho, hay que cuidarse. Le voy a enviar carne de venado para ver si así come más. No se olvide de comer más.
Y, guiñándome un ojo con mucha gracia, se echó a reír y me dio un cordial apretón de manos.
Pocas veces he encontrado un anfitrión tan alegre y amable. Uno o dos días después se lo escribí al coronel Davidson en una carta privada, y él se la enseñó al rey y a la reina.
Aquel día viajé, y también toda la noche, hasta Cornualles, para pasar unos días con unos amigos en Fowey. A la noche siguiente uno de ellos me dijo:
—¿No te apetecería tocarnos algo con tu violín?
—¿Violín? No tengo ninguno.
—Claro que sí. Vimos que llegó uno con tu equipaje.
Fui a mi cuarto a mirar y allí, debajo de la cama, había una caja muy bien hecha, como el estuche de un violín, que contenía la pierna de venado que me había regalado el rey.
De vuelta en Sudáfrica
Por fin pasé el reconocimiento de los médicos y, aunque mi permiso por enfermedad no había terminado, a finales de aquel año (1901) ya estaba de vuelta en Sudáfrica.
Al llegar a Johannesburgo, me encontré con que el cuartel general de la Policía de Sudáfrica se había instalado de forma permanente en esa ciudad. Escribí a casa: «Es estupendo volver al trabajo. Nosotros, la Policía de Sudáfrica, somos ahora una fuerza en el país, y hacemos un trabajo excelente en muchos frentes».
Tuvimos tantos casos de valor individual entre oficiales y hombres que resultaba difícil que las autoridades del ejército los reconocieran todos, sobre todo porque en muchos casos no estaban integrados de forma regular en unidades del ejército. Así que, aunque teníamos tres Cruces Victoria (N. del T.: condecoración británica muy apreciada) y un gran número de condecoraciones de la Orden de Servicios Distinguidos y de Medallas de Conducta Distinguida, me pareció conveniente crear una medalla al valor propia, y llegó a ser la condecoración más apreciada de mi fuerza.
Hablando de Cruces Victoria, entre los oficiales de la Policía de Sudáfrica tuvimos dos que batieron récords: el mayor Martin Leake, V. C., que ganó una segunda Cruz Victoria en la Gran Guerra, y el general de brigada E. Wood, que más tarde recibió la Orden de Servicios Distinguidos en tres ocasiones durante la Gran Guerra.
En los primeros dieciocho meses de nuestra existencia tuvimos frecuentes combates con los bóeres, de modo que, a principios de febrero de 1902, habían perdido a manos nuestras 93 muertos, 117 heridos, 543 prisioneros, 154 rendidos, 3578 caballos, 248 mulas, 184 carros de transporte, etcétera.
Nuestras nuevas responsabilidades
Nuestro servicio militar terminó el 7 de junio, cuando se firmó la paz con los bóeres en Vereeniging.
La Policía de Sudáfrica quedó relevada de sus obligaciones militares y asumió las de policía civil. Unos diez días después, lord Kitchener dejó Sudáfrica para volver a Inglaterra, pero antes de partir telegrafió expresando «su cálido aprecio por la buena conducta, la resistencia y el valor que han distinguido a la Policía de Sudáfrica. Oficiales y soldados han soportado las penalidades, el aislamiento y el peligro con alegre buen humor, y se han ganado el aprecio y el respeto del resto del ejército. La Policía de Sudáfrica tiene ahora la inmensa y noble tarea de mostrar a los habitantes el carácter inglés, y lord Kitchener no podría dejar el buen nombre de nuestra nación en mejores manos».
La pacificación de quienes habían sido nuestros enemigos era sin duda el trabajo más importante, y no era fácil.
Por eso me atreví a sugerir a Su Excelencia que se ofrecieran puestos de oficial en la policía a algunos de los jefes bóeres, en especial a Botha, Smuts, De la Rey y De Wet. La idea era que así no se sintieran una casta de vencidos, que fueran más leales a su nuevo regimiento y que estuvieran menos tentados de aceptar las ofertas de gente sin escrúpulos para irse a dar conferencias por Europa.
Por haberlos tratado desde hace mucho, siento simpatía y una admiración especial por la mayoría de los bóeres. Entonces se mostraban muy desconfiados y astutos, y sus mujeres todavía más; y, como es natural, estaban llenos de inquietud, por lo que podíamos ver, ante posibles represalias y venganzas una vez desarmados.
Tienen un amor propio que podía hacer que se sintieran agraviados en sus familias.
Al mismo tiempo, si les dábamos alguna muestra de blandura, la tomarían por debilidad y se aprovecharían. Por eso teníamos que actuar con mucho tacto y demostrar un gran sentido de la justicia y del deber, junto con comprensión humana.

Naturalmente, todos veían que esa era la línea correcta, pero el mayor problema era conseguir que la aplicaran nuestros hombres, que actuaban cada uno por su cuenta.
Al dar a la fuerza las órdenes sobre sus nuevas tareas, recordé el conocido discurso de Abraham Lincoln al final de la Guerra de Secesión de América, porque sus palabras encajaban de lleno en la situación:
«Sin malicia hacia nadie, con caridad para todos, con firmeza en el bien tal como Dios nos permite verlo, esforcémonos por terminar la obra que hemos emprendido: vendar las heridas de la nación, cuidar de quien ha soportado la batalla, y de su viuda y sus huérfanos, y hacer todo lo que pueda lograr y mantener una paz justa y duradera entre nosotros y con todas las naciones».
Los hombres estuvieron a la altura de las circunstancias y, bien instruidos por sus oficiales, dejaron atrás el odio de la guerra y asumieron de buen grado su papel de pacificadores, con una capacidad de adaptación que me atrevo a considerar esencialmente británica.
Como escribe sir John Fortescue en El Imperio y el Ejército (The Empire and the Army): «No solo con plomo y acero ha consolidado el soldado británico su Imperio. Sabe hacer la guerra cuando se ve empujado a ella, pero también sabe hacer la paz… Posee ese lenguaje universal que nace de la bondad natural y de la amabilidad de corazón».
Los burghers, los ciudadanos bóeres, se habían dividido en facciones enconadas: los que se habían rendido y los que habían resistido hasta el final.
Los nativos, como he dicho, estaban deseosos de saquear donde pudieran. Aventureros blancos y personajes de mala calaña de varias nacionalidades se aprovechaban de la situación desorganizada del país, y la usurpación de tierras y el robo se practicaban a gran escala.
El comercio ilegal de alcohol y el contrabando de armas estaban en auge, y las langostas diezmaban las escasas cosechas.
Por eso, las tareas que se pedían a los policías eran muchas, variadas y urgentes.
Pero oficiales y hombres emprendieron su nuevo trabajo con habilidad y determinación, y pronto tuvieron estos males bajo control.
Un caso notable de esta eficacia llena de recursos se dio al principio de nuestra etapa como policía, cuando hubo una fiebre del oro en los yacimientos de Letaba. El coronel Steele, que mandaba la División B, había vivido las fiebres del oro del Klondike, así que se adelantó a esta instalando en el lugar un puesto de policía, con una oficina de registro y unas normas para regular la avalancha de buscadores, que llegaron unos días después.
Al poco tiempo llegó una petición urgente del alto comisionado para que enviáramos a la policía al lugar, y cuando se vio que ya lo habíamos dispuesto todo con antelación y con mucho sentido práctico, recibimos el más cordial agradecimiento del Departamento de Minas.
En nuestras órdenes incluí un aviso para que los miembros del cuerpo, dondequiera que estuvieran destinados, buscaran e identificaran todas las tumbas de los caídos en la guerra, las arreglaran y asumieran como parte de su deber mantenerlas en buen estado. Y no solo las de los británicos, sino también las «de nuestros antiguos enemigos, los bóeres, que cayeron luchando valerosamente por su causa y que también merecen nuestro respeto».
El coronel Steele, jefe de la División B, era canadiense y todo un personaje. Había ascendido desde los rangos más bajos hasta llegar a comandante de la Real Policía Montada del Noroeste, y había hecho un duro trabajo policial, lleno de experiencias emocionantes, en el territorio del Yukón.
Después de la guerra bóer lo visité en Canadá. Al enseñarme los restos de Fort Garry, en Winnipeg, me contó que él estaba de centinela en la puerta cuando el coronel Garnet Wolseley llegó para entrevistarse con el señor Smith, el factor de la Compañía de la Bahía de Hudson en el fuerte. Al señor Smith se le conoció después como lord Strathcona.
Esto ocurrió hacia la época de la rebelión de Riel. Cuenta la historia que, cuando a Riel lo llevaron por fin al patíbulo, se dirigió a la multitud y les dijo que, aunque lo ahorcaran, resucitaría como Cristo al tercer día y los guiaría hacia nuevas revoluciones.
El oficial de policía encargado de la ejecución habló después de él y recordó a los presentes que, en el caso al que Riel aludía, los que montaban guardia eran soldados romanos, pero que esta vez se trataba de la Real Policía Montada del Noroeste, y que Riel no resucitaría.
Y no resucitó.
En cuanto a los hombres que formaban la Policía de Sudáfrica, una autoridad muy capacitada para juzgarlo dijo que eran «la mejor unidad de ese tamaño que haya visto el mundo», y yo me lo creo.
Todos sus miembros eran hombres escogidos, y a los indeseables se los eliminaba sin contemplaciones (en una sola vez di de baja a once oficiales y trescientos hombres y los mandé a casa).
Cerca de dos mil de aquellos hombres habían estudiado en escuelas privadas de prestigio. Con un personal así se podía confiar en su honor y en que harían su trabajo en sus puestos dispersos.
Los ascensos se daban, en lo posible, por méritos. Establecimos un sistema por el que un buen suboficial o soldado podía llegar a oficial de la fuerza. El candidato tenía que aprobar un examen de trabajo de campaña, régimen interior, equitación y legislación policial.
Entonces pasaba a ser oficial en periodo de prueba, con el grado de corneta, y se le destinaba sucesivamente a cuatro escuadrones distintos, tres meses en cada uno.
Al final del año tenía que aprobar otro examen de servicio policial, conocimientos de veterinaria y llevanza de registros, cuentas, etcétera.
Cada uno de los jefes de escuadrón a cuyas órdenes había servido redactaba un informe sobre él y decía si le gustaría tenerlo de forma permanente en su escuadrón o no. Si todo iba bien, el corneta podía ser nombrado subteniente.