Lecciones de la universidad de la vida
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Lecciones de la universidad de la vida

6. Matabeleland

Después de la campaña de Ashanti estaba acuartelado en Belfast con mi escuadrón del 13.º de Húsares.

Un día recibí un telegrama del general Sir Frederick Carrington. Le habían ordenado partir de servicio a Sudáfrica en un plazo de tres días y, si yo podía unirme a él, me nombraría jefe de su Estado Mayor. Esto ocurrió el 29 de abril, y el 2 de mayo yo ya estaba embarcado.

Dos hombres conversan sentados en la cubierta de un barco
Cecil Rhodes charlando con el general Sir Frederick Carrington (dibujados del natural)

Salí de inmediato y, ya en viaje, envié un telegrama a mi coronel, al cuartel general de Dundalk, para decirle que había partido hacia Sudáfrica y pedirle permiso. No es un procedimiento muy ortodoxo, pero, dadas las circunstancias, me pareció disculpable.

El coronel no me hizo volver, así que seguí mi camino, y desde entonces tengo con él una deuda de gratitud, porque sin saberlo me dejó marchar a la mejor aventura de mi vida.

El motivo del llamamiento repentino del general Carrington era que la tribu matabele de Sudáfrica se había sublevado y sus guerreros estaban asesinando a los colonos blancos de la zona.

Los matabeles eran en origen zulúes que, al mando de Mzilikazi, hijo de Matshobane, habían sido enviados por el rey zulú Shaka a una expedición de conquista en 1847.

Como su ataque fracasó, lo que se esperaba de ellos, según la costumbre, era que volvieran, los desarmaran y las mujeres de la tribu les rompieran el cuello. Pero en esta ocasión no lo vieron del mismo modo y prefirieron no volver a casa, sino seguir por su cuenta, con el cuello intacto, hacia el norte, hasta encontrar un lugar adecuado donde asentarse.

Lo encontraron al fin en lo que hoy se conoce como Rodesia del Sur. Allí arrasaron a los pacíficos makalakas, se apoderaron de sus mujeres y de su ganado, se asentaron en Gubulawayo y formaron una nueva tribu. Esto fue en 1850.

Mzilikazi, un viejo guerrero, murió en 1868 y le sucedió Lobengula. En 1888, Rhodes consiguió un acuerdo con Lobengula para ocupar y colonizar Mashonaland, el territorio situado al este de Matabeleland. En 1890 lo puso bajo el gobierno de su amigo el doctor Jameson, pero los matabeles no conseguían quitarse la costumbre de atacar a sus vecinos y siguieron haciendo incursiones por la frontera, hasta que acabaron enfrentándose a la Policía de Mashonaland y matando a algunos de sus hombres.

Un guerrero matabele salta con la azagaya en alto y el escudo
Guerrero matabele

Por fin, en 1893, el doctor Jameson organizó una contraofensiva con los pioneros blancos asentados en Mashonaland y, tras duras batallas con los matabeles, tomó el cuartel principal de Lobengula en Buluwayo. Lobengula huyó hacia el norte siguiendo el río Shangani hasta reunirse con una parte de su ejército que estaba descansada, a las órdenes de M'jaan y Gamba, que había estado guerreando lejos y no había llegado a tiempo de participar en la lucha contra los británicos.

El mayor Wilson, con una avanzadilla de treinta y cuatro jinetes de la columna del mayor Forbes, persiguió a Lobengula con la intención de capturarlo, pero tuvo la mala suerte de acosarlo solo hasta que llegó a ese ejército de guerreros descansados.

Para colmo, el río que acababan de cruzar creció a sus espaldas y los separó de su columna de apoyo.

Así que, rodeados por una horda de guerreros invictos, y aunque lucharon con valor hasta el final, todos los hombres de la patrulla murieron.

La historia de su último combate se ha convertido en una epopeya del país, y sus restos están enterrados cerca de los del propio Rhodes, en el lugar llamado «La Vista del Mundo» (World's View), en los montes Matopos.

Nityana, el jefe que encabezó el último ataque contra ellos, describió así el final de Wilson:

—El induna estaba embrujado. Le disparamos con seis rifles y siguió peleando. Un herido le pasaba un arma nueva todo el tiempo. Pero al fin lo matamos, y el herido, que ya no podía pelear, solo se tapó los ojos con las manos mientras lo atravesábamos con las azagayas. ¡Ah, esos no mueren como los mashonas! Nunca gritan ni se quejan. Esos son hombres.

Esto fue en 1893, y Lobengula murió dos meses después, fugitivo en el monte.

La segunda campaña de Matabeleland

Llegamos ahora a 1896. Los matabeles se habían asentado y esperaban que la invasión británica del país fuera solo una incursión pasajera, como las que ellos solían hacerse unos a otros.

Al ver que los británicos pretendían quedarse, plantearon su dilema al Mlimo, su dios, al que durante generaciones habían acudido en busca de consejo en los momentos de crisis nacional.

Este oráculo daba sus instrucciones en una cueva de los Matopos y también en dos o tres lugares de Mashonaland.

En esta ocasión aconsejó que los guerreros matabeles se dirigieran a Buluwayo una noche determinada y mataran a los blancos del lugar, y que después salieran a matar a los blancos que se habían instalado en sus granjas.

El plan fracasó por la impaciencia de los guerreros, que, de camino a la cita, no pudieron resistir la tentación de matar a algunos granjeros al pasar cerca de sus casas. Muchos de ellos, sin embargo, lograron escapar y llegar a Buluwayo, y dieron aviso del ataque inminente. Entre los que escaparon estaba Selous, el célebre cazador, que tenía una granja a unas treinta millas de Buluwayo.

Los habitantes de Buluwayo levantaron una sólida defensa en la plaza del Mercado y se refugiaron allí para protegerse del ataque. Los matabeles que llegaron de noche al pueblo lo encontraron todo a oscuras y extrañamente silencioso, y sospecharon que podía tratarse de una trampa.

Así que no se atrevieron a entrar y se contentaron con destruir las granjas de los alrededores y asesinar a los blancos que se encontraran por los caminos.

Entretanto, los colonos se organizaron en unidades de combate, a caballo y a pie, y llevaron a cabo audaces ataques contra el enemigo cuando y donde lo encontraban.

Mientras tanto se reunían fuerzas de socorro entre los habitantes de Salisbury, en Mashonaland, y, en la Colonia del Cabo, a cargo del coronel Plumer; y para que se hiciera cargo de esas fuerzas y de la situación en general, se llamó al general Carrington.

La estación de ferrocarril más cercana a Buluwayo estaba en Mafeking, a 587 millas, y el camino era de arena pesada y sin agua durante la mayor parte del trayecto. Las carretas de bueyes eran el único medio de transportar cargas pesadas y, a la velocidad habitual de dos millas por hora, traer víveres, municiones, equipo y material sanitario suponía, naturalmente, un viaje muy largo.

Como si esta adversidad no fuera suficiente, se declaró una peste que arrasó el país, de modo que murieron todas las yuntas de bueyes por los caminos y cientos de carretas quedaron abandonadas a lo largo de la ruta.

Desde Mafeking, el general y su Estado Mayor (formado por el coronel Vyvyan como ayudante general adjunto, el capitán Ferguson como ayudante de campo, el coronel Bridge como intendente del ejército y yo mismo como jefe del Estado Mayor) emprendimos nuestro largo viaje en diligencia, un carromato «de los de antes» tirado por ocho mulas.

Una diligencia tirada por un largo tiro de mulas
Diligencia en Rodesia

Tardamos diez días Y DIEZ NOCHES en llegar: el viaje más agotador que he soportado nunca. Cambiábamos de mulas en las postas, más o menos cada quince millas. Lo asombroso fue que, aunque estábamos en territorio enemigo, los matabeles nunca interfirieron en el tráfico de esos caminos.

La razón que dieron más tarde fue que suponían que, si dejaban abierta una vía de retirada, los habitantes de Buluwayo estarían encantados de aprovecharla para huir del país.

No entraba en sus planes que la usáramos en sentido contrario.

Nada más llegar a Buluwayo instalamos nuestra oficina y empezamos a organizarnos.

Hubo unos cuantos combates en los alrededores, y al final los matabeles se retiraron a su gran fortaleza de los montes Matopos.

Aquellos montes eran una extensión de terreno quebrado en montones de granito apilados que en muchos sitios alcanzaban ochocientos o novecientos pies de altura (unos 250 o 275 metros), llenos de cuevas y de simas medio ocultas por la vegetación de cactus, mohabahobas y baobabs.

La zona tenía unas cincuenta millas de largo por veinte de ancho y era el país más endiablado que pueda imaginarse para hacer la guerra.

Allí escondió el enemigo su ganado y a sus mujeres, y tomó posiciones fuertes para defenderse, no en uno, sino en media docena de lugares distintos. Aunque teníamos muchos nativos amigos y bastantes voluntarios blancos que hacían de exploradores, comprobamos que la información que traían carecía tanto de detalles militares que apenas servía para preparar nuestros planes tácticos. Al final, el general me mandó a reconocer las posiciones, y yo dejé mis tareas de la oficina en manos de mi ayudante, el capitán, hoy Sir Courtenay, Vyvyan.

Aquellos reconocimientos se convirtieron en la aventura que más he disfrutado en mi vida, aunque fueran un poco duros.

En este trabajo coincidí varias veces con el mayor Fred Burnham, el explorador norteamericano, cuyas aventuras cuenta con todo detalle en su libro Exploración en dos continentes (Scouting in Two Continents).

Los montes Matopos estaban a unas treinta y cinco millas de Buluwayo. Después de uno o dos tanteos, mi método habitual era este: salir a caballo con un acompañante y hacer de día la mitad del camino. El resto del trayecto había que hacerlo a oscuras para no ser vistos. Nuestro plan era llegar antes del amanecer a un punto desde el que pudiéramos ver sin ser vistos y averiguar, si era posible, las posiciones y la fuerza del enemigo.

Esto resultaba más fácil gracias a los fuegos que encendían temprano por la mañana para cocinar.

Así podíamos localizar las distintas posiciones que ocupaba el enemigo y atacarlas una por una.

Estos ataques exigieron métodos nada ortodoxos, por lo insólito del terreno en el que teníamos que trabajar. Las alturas que formaban las fortalezas estaban hechas sobre todo de rocas gigantescas apiladas unas sobre otras, entre las que había cuevas y túneles naturales, y en algunas de ellas, manantiales.

Así, el enemigo pasaba la mayor parte del tiempo fuera de la vista y a salvo del fuego de artillería, metido en agujeros que se abrían en varias direcciones.

Un cerro de grandes rocas apiladas
Una típica cueva fortificada

Nuestro contingente de muchachos mestizos del Cabo era especialmente apto para el tipo de lucha que exigían aquellas cuevas. Al mando del mayor Robertson, un hombre de las Tierras Altas de Escocia, se metían a rastras y sin hacer ruido donde ni los ángeles se habrían atrevido a entrar, y ponían manos a la obra con la bayoneta, su arma favorita.

A propósito, a este contingente lo apodaban «la Avanzada Perdida» (Forlorn Hope) porque, aunque tenían rifles y bayonetas, no teníamos equipo suficiente para darles cinturones y correajes, de modo que iban siempre con la bayoneta calada y parecían especialmente dispuestos a ir al grano.

Y así, con algunos combates duros, fuimos venciendo poco a poco la resistencia en los Matopos.

Uwini

Al final me pusieron al mando de una columna ligera para limpiar el país de las bandas dispersas de matabeles.

Una de las tareas de mi columna era capturar, si era posible, a uno de los dos «mlimos» que incitaban a la gente a seguir luchando contra nosotros. El mayor Watts había conseguido detener a uno de ellos, Makoni, y el hombre fue juzgado y ejecutado. El mayor Burnham mató a otro.

Por las mismas fechas, mi columna se topó con el tercero, llamado Uwini, que con cerca de mil hombres ocupaba varios kopjes (cerros) fortificados. Nos propusimos atacarlos con tesón, y al tomar el primero perdimos cuatro hombres; pero, tras una emocionante escaramuza en oscuros túneles subterráneos, nuestros hombres capturaron al jefe en persona, herido pero desafiante.

Pesaban sobre él varios crímenes, entre ellos el asesinato de al menos dos hombres blancos. Lo juzgamos en consejo de guerra, fue declarado culpable y condenado a muerte.

Pocos días después llegó una orden sorprendente del gobernador de Sudáfrica: debían juzgarme en consejo de guerra por ser el responsable de la ejecución de Uwini, ya que yo había firmado su sentencia de muerte, y había que ponerme bajo arresto inmediatamente.

Sir Frederick Carrington respondió al gobernador por telegrama pidiendo que «al coronel Baden-Powell se le ahorrara la humillación del arresto, por ser un oficial que había prestado tan excelentes servicios», y proponiendo que se convocara un tribunal de investigación.

El tribunal se reunió a su debido tiempo en Gwelo. El cargo contra mí era que, una vez detenido el malhechor, debería haberlo entregado al puesto de policía más cercano para que lo juzgaran las autoridades civiles.

En mi defensa alegué el argumento legal de que, según la ley militar, tenía potestad para juzgar por mí mismo si me encontraba a más de cien millas de una autoridad superior.

Estaba a más de cien millas de mi general y a más de mil de mi gobernador, aunque, de haber estado a solo cincuenta, habría actuado igual, porque el castigo inmediato en presencia de su propia gente había brindado una ocasión excelente para destruir su fe en el Mlimo. Además, consiguió que se rindieran, y así se salvaron las muchas vidas que se habrían perdido, tanto entre nuestros hombres como entre el enemigo, si hubiéramos tenido que seguir atacando uno tras otro los ocho kopjes que formaban su fortaleza.

Por supuesto, el tribunal me declaró «no culpable» y quedé libre sin ninguna mancha en mi expediente, y ahí acabó todo.

Si el gobernador no estaba contento conmigo, mi general sí lo estaba, y me dijo en privado que me había propuesto para la C.M.G.; pero nunca la obtuve… ¡salvo de otra manera!

Años después, cuando volví a África para la guerra de los bóeres, se me acercó un hombre en Ciudad del Cabo y me preguntó:

—¿Llegó a conseguir aquella C.M.G. por la ejecución de Uwini?

Y cuando, muy divertido, le dije que no, se quitó de la muñeca un brazalete de hierro corriente, me lo dio y me dijo:

—Pues aquí la tiene: el brazalete que llevaba Uwini cuando lo matamos. Yo formaba parte del pelotón de fusilamiento.

He contado con detalle el caso de Uwini porque ilustra un hecho: a veces a los hombres con autoridad les entra un prurito que los empuja a seguir moviendo los hilos cuando, en la práctica, ya han dejado la responsabilidad en manos del encargado de dirigir el espectáculo.

Se ve de vez en cuando en los generales, en quienes puede ser algo más disculpable, pero no es cosa de risa, sino un asunto serio y peligroso, cuando los gobernadores se entrometen, como hicieron en aquel embrollo de Zululandia, retrasando nuestro ataque contra Dinizulu y acusando sin razón a un oficial de matar a súbditos de una potencia aliada, y también en Matabeleland, ordenando arrestar a oficiales y criticando las tácticas del mando.

Incluso los políticos que buscan popularidad sienten a veces ese prurito, y en algunos casos se les permite tener una voz decisiva, como en el del coronel Dyer, en la India, y el del general Gough, en Francia.

Si se tratara de algo sin importancia, daría igual; pero el peligro de que a uno lo arresten y lo arruinen profesionalmente por alguna influencia ajena no puede dejar de afectar a muchos buenos oficiales: ante una situación difícil, tendrán un ojo puesto en las consecuencias personales, en lugar de concentrarse de todo corazón en llevar bien el asunto que tienen entre manos.

Joseph Chamberlain fue un modelo para otros que presumen de estadistas y se llaman así a sí mismos cuando, en un momento en que me enfrentaba a ciertas dificultades en Sudáfrica, me dijo: «No tenga miedo de hacer lo que crea que es correcto. Nosotros (la Oficina Colonial) le respaldaremos».

Así es como debe ser. Cuando se ha elegido a un hombre de confianza, hay que confiar en él. Y si no tiene éxito, no hay que convertirlo en chivo expiatorio de lo que, en realidad, es un error propio: haberlo elegido mal.

Al final los matabeles se rindieron, pero algunos biógrafos de Cecil Rhodes han hecho de su rendición un episodio más dramático de lo que justificaban los hechos.