Lecciones de la universidad de la vida
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Lecciones de la universidad de la vida

1. Mi educación

¿Cuál fue mi preparación para la vida? ¿Cuál fue mi educación?

Mi educación me llegó de varias fuentes: el hogar, la escuela, los viajes, el deporte, etc.

Alguno de vosotros pensará: «Sí, pero tú (es decir, yo) empezaste con ventaja: mucho dinero y toneladas de suerte».

Toneladas de suerte, desde luego, sí que tuve. Pero la suerte se parece al valor: puede llegarte algo por sí sola, pero también puedes aumentarla tú mismo.

Dinero, en cambio, no tenía. Cuando tu padre es un clérigo (N. del T.: el padre de Baden-Powell era clérigo anglicano y se casó tres veces) con catorce hijos y tú eres el segundo empezando por el más pequeño, no hay mucho dinero volando a tu alrededor.

De mi padre recibí poca educación, porque murió cuando yo tenía tres años. Fue una gran pérdida para mí, porque era un hombre de muchos talentos.

Por suerte para mí, unos nueve años después de su muerte, el doctor Pusey atacó su figura en unos escritos contra sus ideas cristianas, y eso provocó un coro de indignación y de réplicas por parte de quienes lo habían conocido y admiraban la amplitud de su criterio.

Si sus opiniones se adelantaban un poco a su época (porque era a la vez científico y predicador), hoy en día son generalmente aceptadas.

De no haber sido por aquella defensa, yo nunca habría conocido sus cualidades.

Mi madre

Todo el secreto de mi progreso está en mi madre. No sé ni puedo entender cómo se las arregló aquella magnífica mujer para educarnos de modo que ninguno de nosotros se torciera, ni cómo no se quitó la vida con tanta angustia y tanta tensión.

Aunque era una viuda pobre, no solo se ocupó de alimentarnos, vestirnos y educarnos, sino que encontró tiempo para otras tareas en el mundo; entre ellas destaca que fue una de las fundadoras del Girls' High School Movement, que tanto ha hecho por las mujeres de hoy. Su influencia me guio a lo largo de la vida más que los preceptos o la disciplina que hubiera podido aprender en la escuela.

Primeras ambiciones

De pequeño, como es natural, yo quería ser maquinista de tren, que es el sueño dorado del 99 % de los niños, creo yo.

Pero en mi caso había una razón más: mi padrino de bautismo había sido Robert Stephenson, el ingeniero (N. del T.: inventor de la locomotora).

Es curioso pensar que en aquella época la idea del ferrocarril provocaba burlas. El viejo Stephenson tuvo que explicar que lo peor se lo llevaría la vaca si se cruzaba con una locomotora. John Leech dibujó una caricatura de la máquina de vapor como si fuera un juguete para niños.

Cuando solo tenía ocho años me hice reformista y socialista de lo más rojo.

Escribí unas «Leyes para mí para cuando sea mayor»:

«Haré que la gente pobre sea tan rica como nosotros (que no era decir mucho). También tendrán derecho a ser tan felices como nosotros. Todos los que pasen por la calle deben dar algo de dinero al barrendero, y deberíamos dar gracias a Dios por lo que nos ha dado. Él ha hecho a la gente pobre para que sea pobre y a la gente rica para que sea rica, y te puedo decir cómo ser bueno. Y ahora te lo diré. Debes rezar a Dios siempre que puedas, pero no puedes ser bueno solo rezando, sino que debes esforzarte mucho por ser bueno.»

26 de febrero de 1865

Mi abuelo, el almirante Smyth, me escribió a propósito de ellas:

«… sobre tu ley, ¡oh, ley! La ley no es como una danza campestre, en la que la gente va de arriba abajo hasta que apenas puede mover las piernas, como dice Milton.»

«La ley es como los purgantes: cuanto menos se toma, mejor.»

«Sin embargo, tu intención de hacer “cuando seas mayor” que ricos y pobres sean iguales en cuanto al bolsillo no hace más que seguir el método de Jack Cade, que despejó el camino cortando la cabeza a los abogados. Este caballero decretó, cuando tomó el Puente de Londres, que en adelante todos debían ser tratados por igual. Y así fue, porque perdió su propia cabeza y su decreto se cumplió.»

Charterhouse

A los trece años fui a Edimburgo y me presenté a una beca en el Fettes College. Tuve la suerte de conseguir una de las llamadas becas de los Fundadores Originales.

Pero al final no la aproveché, porque mi suerte siguió adelante: solo una o dos semanas después me concedieron una beca de fundación en Charterhouse (N. del T.: el colegio tenía una serie de becas fundacionales, y Baden-Powell obtuvo una de ellas). Esa sí la acepté.

No era un muchacho inteligente ni, me duele decirlo, tan aplicado como debería. Según los informes escolares, empecé bastante bien en conducta, pero fui empeorando con el tiempo.

El otro día quise animar a mi hijo Peter a estudiar más y a conseguir buenos informes de sus profesores (N. del T.: en aquellos informes no se ponían notas numéricas, sino comentarios de los profesores sobre cada alumno), así que saqué mis viejos informes escolares y lo invité a verlos.

—Mira esto —le dije—. Bueno, este quizá no. —En ese, monsieur Buisson había escrito de mí: «Aceptable; podría portarse mejor».

—Bueno, pues este. Tampoco. —En ese, Mr. Doone me calificaba de «insatisfactorio», y mi profesor de clásicas (N. del T.: en la educación inglesa tenía mucho peso el estudio de los «clásicos», es decir, del latín y el griego) decía que yo «se interesa muy poco por su trabajo».

A pesar de estos comentarios tan poco halagadores logré llegar al sexto curso. Mi nuevo profesor de clásicas, el conocido doctor T. E. Page, calificó con generosidad mi actividad diciendo que era «satisfactoria en todos los aspectos». Pero la autoridad en matemáticas lo contradecía al afirmar que yo «había abandonado todo intento de estudiar matemáticas»; en francés, que «podría hacerlo bien si no fuera tan vago, porque se duerme con frecuencia en clase», y en ciencias naturales, que «no presta la menor atención».

Como ves, por regla general mis profesores no tenían muy buena opinión de mis cualidades. Sin embargo, el director del colegio, el doctor Haig-Brown, ese gran formador del carácter, supo ver algo prometedor en mí a pesar de las críticas, e informó de que mi «capacidad era mayor de lo que sugerían los resultados de mi trabajo académico» y de que estaba «muy satisfecho con mi conducta».

Esa chispa de ánimo se convirtió más tarde en una llamarada de energía, cuando de verdad la necesité en el trabajo.

El griego era griego para mí

(N. del T.: en inglés, la expresión That is Greek to me significa que algo no se entiende; equivale a nuestro «me suena a chino».)

Me consoló descubrir que grandes hombres tampoco fueron unos genios en las asignaturas escolares. Winston Churchill, en su delicioso libro Mis primeros años (My Early Life), confiesa que en el colegio no entendía ni las clásicas ni las matemáticas.

El honorable John Comer admite que no sacó nada de la educación clásica en Eton, y lord Darling dio hace poco esta opinión: «Nuestro país sufre males sin fin solo porque el griego es asignatura obligatoria en las escuelas. Por eso se ha echado a perder un buen número de personas sensatas, en especial el difunto Mr. Gladstone, que comprometió a su país en un sinfín de obligaciones por culpa de los griegos, y todo porque había leído sobre Helena y Ulises, que, a mi modo de ver, era un personaje de mala reputación».

Un catedrático con birrete y gafas, de perfil
Han leído sobre Helena y Ulises

Lord Darling, igual que Mr. Winston Churchill, se alegra de no haber «perdido el tiempo aprendiendo griego», sino de haberlo empleado «en algo mucho más útil: aprender inglés».

Del mismo modo, el difunto lord Birkenhead, de brillante inteligencia, confesó su completa ignorancia de los clásicos.

Lord Balfour, en su autobiografía, podría hablar por mí cuando escribe: «Sabes, cuando miro mi pasado me aterra ver lo poco que he cambiado en setenta años. Si tengo que escribir sobre mí mismo, debo mostrar a la gente que soy un perezoso que siempre ha tenido algún trabajo entre manos. No soy un erudito, pero tengo conocimientos superficiales de muchas cosas… No fue culpa de mis profesores que les fallara a dos de ellos, al de latín y al de griego; tampoco fue culpa mía: no se me enseñó otra lengua».

El mariscal de campo sir Henry Wilson suspendió dos veces el examen de ingreso en el ejército.

Mis conocimientos de clásicas no eran mejores que los de matemáticas, pero no veo cuándo ni dónde me habrían sido útiles en la vida. En cambio, sí veo que saber una o dos lenguas además del inglés, así como ciencias, contabilidad, historia universal y geografía —o, al menos, el método y la práctica para aprenderlas—, debe de ser de un valor incalculable.

Imponer la gramática latina y la griega a muchachos que no tienen ningún interés en aprenderlas me parece tan estúpido como hacer perder el tiempo a niñas sin aptitudes musicales, obligándolas a pasarse horas tocando escalas al piano.

Sé que al decir esto demuestro mi ignorancia de la ciencia y la teoría de la educación, pero hablo sobre todo de los resultados que he visto en el mundo.

Alguien ha dicho con acierto que lo más importante del sistema escolar es que, aunque no den conocimientos, las escuelas proporcionan sentido común, buenos modales y tenacidad.

En cualquier caso, ha quedado demostrado que pueden formar hombres a prueba de corrupción y de sobornos, hombres capaces de tomar la iniciativa, de ser disciplinados y de asumir responsabilidades; como dijo Mr. Roxburgh en Eleutheros: «Hombres aceptables en un baile e insustituibles en un naufragio».

Desde luego, mis críticas no valen para la escuela de hoy. La educación ha progresado y mejorado mucho en el medio siglo transcurrido desde que yo era alumno. Pero los métodos tradicionales son difíciles de erradicar, y no logran sacar, de entre los miles de jóvenes que las escuelas envían cada año al mundo, todos los líderes capaces y servidores de la sociedad que deberían.

Hay muchos zánganos en nuestra colmena. Es un gran desperdicio de material humano que, sobre todo en estos momentos, sería de un valor incalculable para nuestra patria si se educara como es debido en el gusto por la aventura y en la energía del servicio.

Scouting

(N. del T.: se conserva la palabra inglesa scouting porque Baden-Powell juega con sus dos sentidos: «escultismo» y «exploración».)

A lo largo de toda mi carrera militar corre una vena —llámala manía o como quieras— que me obsesionaba y que, además de dar interés a mi trabajo, acabó siendo útil para el servicio.

Más tarde resultó ser el lazo de unión entre mis dos vidas, por lo demás tan distintas.

Esa vena era la exploración.

La exploración abarca muchísimo trabajo. En pocas palabras, es el arte o la ciencia de obtener información. Antes de la guerra o durante ella, la información sobre los preparativos del enemigo, sus fuerzas, sus intenciones, su territorio, su situación, sus movimientos, etc., es absolutamente esencial para un comandante que quiera vencer. El enemigo, por su parte, mantiene en secreto todos esos detalles en la medida en que puede.

Por eso, el trabajo de quien tiene que conseguir la información es difícil y arriesgado. Si lo hace de incógnito, lo llamarán espía y se expone a que lo fusilen; si lo hace de uniforme, como explorador, se le ve más, y también corre el riesgo de encontrar su final.

Hacer bien este trabajo exige conocer a fondo la táctica y la organización militar. Exige también, en muy alto grado, iniciativa personal e imaginación, además de las cuatro ces de las que he hablado en otro lugar como necesarias para ser un buen soldado: valor, sentido común, astucia y cooperación alegre (N. del T.: en inglés, las cuatro palabras empiezan por «c»: courage, common sense, cunning y cheerful cooperation).

La comodidad y la seguridad personal no vienen al caso.

La exploración es, sin duda, un juego fascinante para quien la practica, y tiene mérito tanto por sus riesgos como por su enorme valor para el propio bando.

Además de lo que aprendí en la escuela, que no fue gran cosa como para presumir, aprendí fuera de las aulas muchas cosas que me resultaron útiles. Y en las vacaciones aprendí todavía más, gracias a mis hermanos.

Esas otras fuentes de mi educación fueron el teatro, el bosque y la navegación. Más tarde recibí lecciones más avanzadas de otras: los viajes al extranjero, la caza mayor y el servicio activo.

Antes de seguir, debo decir que estuve pensando en titular este libro Los bombazos de mi vida. El motivo es que los pasos más importantes de mi carrera fueron explosiones inesperadas que estallaron ante mí, unas por suerte y otras por causas ajenas a mí.

Teatro

El primer bombazo me cayó encima cuando era un chaval en Charterhouse: de repente recibí la orden de interpretar el papel principal, Bob Nettles, en una comedia titulada To Parents and Guardians (A los padres y tutores).

Dos muchachos vestidos para una comedia escolar, uno de traje y otro con pantalón bombacho
Bob Nettles y Waddilove

El doctor Haig-Brown, que tenía ideas adelantadas a su época, veía el teatro como un medio útil para educar ciertos talentos de los muchachos, así que animaba a montar obras, o más bien las ordenaba.

Yo fui uno de los afortunados a los que les tocó, y le estoy agradecido por haberme iniciado en esta actividad. Me sirvió de formación para hablar en público y para expresarme, pero sobre todo para el espionaje, porque desarrolló en mí la habilidad, esencial en ese oficio, de cambiar de carácter, de voz y de aspecto cuando la ocasión lo requería.

El bosque

Cuando era alumno de Charterhouse, al otro lado de los muros del colegio estaba «el Matorral», una larga franja de bosque en una ladera empinada que se extendía alrededor de una milla (algo más de kilómetro y medio) a lo largo de los campos de juego.

Allí me imaginaba que era cazador, trampero y explorador. Me arrastraba buscando rastros e intentando acercarme para observar conejos, ardillas, ratas y pájaros.

Un muchacho se arrastra entre la maleza mientras un profesor con birrete asoma por detrás de los arbustos
Arrastrándome por el Matorral

Como trampero, ponía mis trampas, y cuando cazaba un conejo o una liebre, cosa que no pasaba muy a menudo, aprendí a base de dolorosa experiencia a despellejarlos, limpiarlos y cocinarlos. Pero, como sabía que los pieles rojas andaban cerca —en forma de profesores que buscaban a los alumnos que se habían salido de los límites del colegio—, encendía un fuego pequeño y sin humo para no delatar mi posición.

De paso, me volví bastante hábil subiendo a los árboles cuando me amenazaba ese tipo de peligro, porque la experiencia me había enseñado que los profesores que salían a la caza de muchachos casi nunca miraban hacia arriba.

Los griegos se equivocaron al llamar al hombre anthropos, «el que mira hacia arriba», porque en la práctica casi nunca mira por encima de su propia altura.

Un profesor con toga recorre el bosque mirando al suelo mientras un muchacho se esconde en la copa de un árbol
Profesores que no miran hacia arriba

Así, sin saberlo, estaba recibiendo una educación que más tarde tendría un gran valor para mí.

Aquellos conocimientos me ayudaron mucho no solo en la caza, sino también al dirigir exploradores. Además, crearon en mí la costumbre de fijarme en los pequeños detalles o «señales» y de leer su significado juntando unas con otras; dicho de otro modo, me dieron el valiosísimo hábito de observar y deducir.

Escultismo marino

Aunque me faltó la guía de mi padre, como séptimo hijo recibí de mis hermanos una buena formación durante las vacaciones. Todos ellos estaban muy en serio con los deportes y eran buenos compañeros entre sí: nadadores de primera, futbolistas, remeros, etc. Y todos eran buenos inventando lo que no podían comprar, hasta el punto de construir un barco.

Construíamos nuestras propias chozas, hacíamos nuestras redes para pescar y cazar conejos o pájaros, y con lo que atrapábamos nos cocinábamos la comida, para alegría de nuestro corazón y de nuestro estómago.

En todo esto, yo, como el más pequeño, tenía que hacer mi parte del trabajo, sobre todo la que se le podía encargar al menor: limpiar los peces o los conejos (un trabajo bastante sucio), algo de cocina y buena parte del fregado.

Pero todo aquello me venía muy bien.

Cuando hubo algo de dinero, pudimos comprar un bote desmontable. Con él, entre otras expediciones, tres de nosotros remontamos el Támesis hasta casi su nacimiento; luego lo cargamos por las colinas, bajamos por el Avon, pasamos por Bristol, cruzamos el Severn y subimos por el Wye hasta nuestra casita de Gales. Fue un alegre viaje de aventuras, sobre todo cuando cruzamos siete millas (más de once kilómetros) del Severn en aquella cáscara de nuez que era nuestro bote, y fue muy educativo para mí.

Más adelante, cuando el dinero alcanzó para ello, los hermanos llegamos a tener un pequeño barco de diez toneladas, construido según el diseño de mi hermano Warington, con el que navegamos por las costas de Escocia e Inglaterra en cualquier época del año. Muchas veces nos vimos en apuros y salimos adelante, y así adquirimos mucha experiencia y práctica.

De algunas de estas aventuras hablaré más adelante. Pero, desde el punto de vista educativo, la disciplina, la tenacidad para afrontar las dificultades y el hecho de plantar cara al peligro en nuestras travesías nos dejaron una formación para toda la vida.

Viajes y deporte

Las demás escuelas por las que pasé llegaron más tarde, cuando mis días de colegial ya habían quedado atrás: fueron los viajes, la caza y el servicio activo.

Los viajes me dieron la oportunidad de ver cómo viven otras naciones y cómo vivimos nosotros en nuestro propio país en comparación con ellas.

Y, sobre todo, de las personas que conocí en mis viajes obtuve experiencias nuevas y un punto de vista más amplio, lo que fue un capítulo muy necesario de mi educación.

Con el deporte en la selva estuve cerca de la naturaleza, una experiencia que abre el alma. Así adquirí habilidad para el rastreo y para cazar al acecho, para montar campamentos y para afrontar riesgos, todo lo cual resultó de un valor incalculable para el posterior scouting.

Durante el servicio activo completé mi educación con la práctica sobre el terreno.

Exploración en la guerra

Si miraras atrás en tu vida, ¿qué parte te atraería más?

En mi vida ha habido una gran cantidad de momentos agradables, y cuando me pregunto cuál fue el mejor, la memoria vuela sin dudarlo a una llanura de Rodesia, ardiente y abrasada por el sol. Allí la única sombra que me protege del sol es la de mi chaqueta colgada de un pequeño matorral; la ropa está hecha jirones; la comida es un trozo de carne de caballo y una doble ración de harina (que, por falta de tiempo, solíamos mezclar con agua y bebernos), y estamos cansados y débiles de tantas marchas nocturnas persiguiendo a un salvaje escurridizo y astuto.

Una llanura reseca; vamos vestidos con ropa basta y llevamos la cara y las manos adornadas con una capa de grasa de los carros. Nuestros caballos son unos pequeños sacos de huesos, y están cansados, muy cansados.

Y aunque estamos enfermos y curtidos, cada día había una nueva aventura, más emoción y más inquietud, y todos éramos buenos y leales camaradas. Todo aquello era una aventura gloriosa y despreocupada.

Y al llegar la noche, esas noches claras y frías, bajo la bóveda del cielo, las estrellas brillan nítidas y centellean con aire burlón mientras te miran arrastrarte en tu silencioso acecho (con todas las posibilidades de que, al mismo tiempo, alguien te esté acechando a ti).

Avanzas a tientas en plena oscuridad, desconfiando de cada roca y de cada arbusto, con todos los sentidos —ojos, oídos y nariz— alerta al máximo para captar cualquier sonido, olor o visión del enemigo.

Te arrastras pegado al suelo, despacio, con una paciencia infinita, en un juego de escondite a ciegas. Estás solo y dependes por completo de tu propio arte de explorador para ponerte a salvo, para salvar la vida, pero sobre todo para no volver con las manos vacías.

Un explorador se arrastra entre la hierba alta mientras un guerrero con lanza vigila desde una colina
Arrastrándome por los montes Matopos

¿Riesgos? Pues claro que los hay. Son la sal que da sabor a todo esto. ¡Cómo me latía el corazón la primera vez que los matabeles me vieron en las faldas de aquellas colinas!

Pero cuando descubrí que, con mis zapatos de suela de goma, podía saltar más lejos y correr más deprisa de lo que ellos eran capaces de seguir, aquello se convirtió en una aventura feliz, a la que acabé entregándome en nueve ocasiones distintas.

Aun así, me producía lo que un francés llamaría un buen estremecimiento cuando se lanzaban tras de mí a grito pelado, exactamente igual que una jauría tras su presa.

La orden amenazadora que los jefes daban a sus corredores —«¡No le disparéis, cogedlo con vuestras propias manos!»— era un estímulo, si es que hacía falta alguno. Un solo paso en falso o un tobillo torcido habrían bastado para acabar igual: con una larga tortura antes del golpe final que me habría dado una muerte misericordiosa.

Pero en la emoción del momento no había tiempo para pensar en esas cosas. Lo único que sé es que el recuerdo me lleva allí, junto con la sensación saludable de la vida del explorador, que es una vida que merece la pena vivir.

Es un trabajo de HOMBRES, y me encanta.

Escultismo para la paz

Después de hablar de la exploración en la guerra, de sus dificultades y de sus alegrías, debo explicar que también existe un escultismo para la paz, que igualmente tiene sus emociones y sus peligros.

Igual que el explorador militar va por delante de su ejército para abrirle camino, conseguir información y hacer posible su avance, el scout de la paz se adelanta hacia regiones inexploradas para obtener información y encontrar nuevos lugares donde asentarse, en favor del avance de la civilización (N. del T.: Baden-Powell anima constantemente a los muchachos a marcharse a las colonias, como una forma de encontrar mejores oportunidades y de ayudar a esos países).

Esos scouts son los exploradores, los pioneros, los misioneros, los tramperos y los hombres de la frontera. Tienen que ser duros, llenos de recursos y seguros de su capacidad para abrirse camino sin ayuda de nadie. Deben saber salir de cualquier situación cuando vienen mal dadas y estar listos para hacer su trabajo en cuanto surja la oportunidad. Tienen que mantener un espíritu alegre y optimista aunque las cosas se pongan negras, y ser hombres de los que uno pueda fiarse de que harán su trabajo sin que nadie los vigile ni los aplauda.

En la práctica, uno se encuentra con que estos hombres de la frontera siempre están dispuestos a echar una mano a los demás cuando amenazan el peligro o las dificultades.

He visto a estos scouts de la paz británicos trabajando en todos los rincones del mundo: tanto en los arenales de las islas de los mares del Sur como entre los icebergs de Terranova; remontando ríos en los lejanos bosques canadienses para llevar energía a la población; haciendo crecer el maíz en Kenia donde nunca antes había crecido nada; buscando hierro para su aprovechamiento futuro en Rodesia; conquistando los desiertos de Australia y de Sudáfrica, y llevando la paz y la luz a los nativos de Nigeria o de Sudán.

Estos scouts siempre empujan hacia delante, sin que nadie los vea ni los alabe, pero sin rendirse nunca.

Las cualidades de los exploradores de guerra son esenciales para los scouts de la paz en los bosques: sobre todo la energía, la confianza en sí mismos, el valor y el espíritu de sacrificio personal en el servicio.

Pero estas cualidades son igual de deseables en los ciudadanos de las regiones civilizadas.

Sin embargo, no son cualidades que puedan enseñarse en la escuela: cada uno tiene que hacerlas suyas y desarrollarlas. No se puede llevar a cada niño y a cada niña al bosque para que las aprendan, pero sí se puede acercarles algo del bosque, y eso es lo que hacemos a través del Movimiento de los Boy Scouts y las Girl Guides.

Y así es como mis dos vidas, la número uno, militar, y la número dos, civil, quedan unidas por un lazo común: el scouting, que ha estado presente en ambas.