Lecciones de la universidad de la vida · 5. Vida de soldado
Maori Brown
Con nuestro contingente nativo iba un oficial blanco al que en toda Sudáfrica se conocía como Maori Brown, un aventurero de verdad aguerrido, hijo de un general y de una buena y antigua familia irlandesa. Si solo la mitad de lo que contaba era cierto, había vivido una vida de aventuras asombrosas.
Después de formarse para el ejército se metió en varias peleas, y su padre lo habría echado de casa de no ser por la intervención de otro viejo general. Acordaron una reconciliación. Los dos viejos caballeros lo invitaron a comer a su club para celebrarlo: le echaron un sermón, él prometió enmendarse, se dieron la mano y sellaron la amistad con un vaso de oporto. Entonces Brown, como gesto de agradecimiento y de paz a la vez, ofreció un puro a su padre y al otro general. Cuando los dos encendieron sus puros al mismo tiempo, ambos habanos estallaron. Se le había olvidado por completo que había metido petardos en algunos puros para gastarle una broma a un amigo.
Aquello acabó con él, y se embarcó en el primer barco que salía para Nueva Zelanda. Allí se las arregló para entrar como oficial en la policía, y le iba bien, hasta que se produjo un asesinato: un hombre blanco conocido suyo había muerto a manos de un maorí desconocido.

Salió a toda prisa hacia el lugar con una cuadrilla armada de policías y, en plena selva, se cruzó con tres o cuatro nativos que llevaban puesta la ropa del hombre asesinado.
Siguiendo el principio de Bis dat qui cito dat (N. del T.: frase latina que se traduce «Quien da pronto da dos veces»), los detuvo y los fusiló allí mismo, sin más juicio. Por su ocurrencia lo expulsaron de la policía.
Después la corriente lo arrastró hasta Sudáfrica, donde vivió un sinfín de aventuras extraordinarias en las guerras cafres y en las minas de oro. Por fin lo conoció aquel célebre luchador de Sudáfrica, Sir Frederick Carrington, que lo puso al mando de la leva de nativos.
En aquella pequeña campaña descubrí en él a un compañero estupendo.

Años más tarde, ya en Inglaterra, leí en el periódico una noticia que contaba que un tal coronel Brown había caído en desgracia y que el Ejército de Salvación se había hecho cargo de él en el East End de Londres (N. del T.: barrio pobre de Londres). Fui a verlo y comprobé que era mi viejo amigo: arruinado, con fiebre y envejecido, pero sonriente todavía. Y tenía motivos para sonreír, porque una dama, generosa colaboradora del Ejército de Salvación, que se compadeció de su situación y lo visitaba a menudo, acabó casándose con él, y vivieron felices para siempre.
La escalinata del salón de baile
En cuanto terminó la resistencia inicial, se enviaron pequeñas columnas por todo el país para reunir a los que se rendían y recoger sus armas. Aquí y allá hubo pequeñas escaramuzas, pero, por regla general, los usutus se rindieron de verdad.
Una vez, acompañando a una de estas patrullas que reunían el ganado, llegué al borde de un peñasco muy alto cubierto de espesa maleza.
Estábamos bajando al valle para averiguar qué había sido de unos exploradores enemigos a los que seguíamos, cuando mi oficial de guardia me gritó:
—¡Cuidado, señor, detrás de usted!
Me di la vuelta de un salto y allí estaba, de pie, la espléndida figura de un guerrero zulú, con todo el esplendor de su piel cobriza y el tocado de plumas blancas que ha valido a los usutus el apodo de «tyokabais».
Con su gran escudo de piel de buey y sus relucientes azagayas, ofrecía una estampa soberbia. Había subido por el otro lado de la colina para observarme, pero, al encontrarse con otro hombre, no se paró a discutir: dio un salto y volvió a ponerse a cubierto. Lo veía a él y a otro correr por una especie de sendero entre la maleza, y yo los seguía desde arriba con la pistola preparada. Poco después cruzaron un tramo de terreno despejado delante de unas rocas, y me dieron la ocasión.
Pero no la aproveché. Quería ver adónde iban, y enseguida desaparecieron en lo que, a todas luces, era la boca de una cueva. Mi amigo, en plena carrera, se había enganchado el escudo en un arbusto y, antes que retrasarse, lo dejó allí.

Así que bajé por el sendero con mi ordenanza y recogí el escudo. Siguiendo el camino descubrí que, en lugar de una cueva, había una grieta profunda en la ladera de la colina que bajaba hasta la llanura.
Al asomarme, me encontré con un espectáculo extraño. La grieta estaba repleta de caras morenas de ojos vivos y dientes blancos: cientos de mujeres y niños refugiados que se escondían de nosotros. Más abajo, cerca de la llanura, había multitudes de guerreros que, evidentemente, esperaban un ataque por ese lado. ¡Yo había entrado por la puerta de atrás!
Mandé a Basto, mi ordenanza, que dijera a los usutus que la batalla había terminado y que no se les haría ningún daño si se rendían en silencio, y en lo más hondo de mi corazón confiaba en que así lo hicieran. Justo entonces volvió nuestro grupo de flanqueo, avanzando por el pie del barranco, y eso les ayudó a decidirse deprisa, porque ya estaban bastante desconcertados por nuestra aparición inesperada por la puerta de atrás. Así que pidieron la pax (N. del T.: en latín, «paz»).
Entonces me abrí paso entre ellos. Las mujeres parecían creer que aquello era el principio de una matanza y se pusieron a gritar y a empujarse para escapar de mi alcance. En el tumulto, un niño pequeño se cayó de la roca en la que estaba, así que, como es natural, lo levanté, lo volví a poner en su sitio y le di algo para que jugara. Aquello tuvo un efecto milagroso: la desconfianza desapareció, los comentarios corrieron de boca en boca y pude pasar entre ellos sin más problemas.
Uno de mis compañeros de abajo, que me vio hacerlo, gritó:
—¿Qué tal se está ahí arriba?
—Igual que en un baile de Londres —le contesté.
Y a raíz de esta brillante ocurrencia, el lugar pasó a llamarse la Escalinata del Salón de Baile.
Al final, Dinizulu se refugió en su fortaleza, el monte de Ceza. Si se hubiera quedado allí, nos habría costado mucho tomarla, porque el lugar era un amasijo de peñascos, matorrales y cuevas sobre el paso de las montañas.

Pero resultó que levantó sus campamentos y, a los pocos días, vino a rendirse.
John Dunn en su casa
Antes de salir de Zululandia, al terminar las operaciones, hice una visita, llena de interés, a la casa de aquel gran cazador y jefe que era John Dunn.
El lugar se llamaba Mangate y consistía en tres casas muy juntas en medio de un precioso jardín. Él vivía en una y otra la ocupaba un grupo de sus esposas y de sus hijos.
Vimos a varios de ellos. Las damas eran negras, hijas de distintos jefes de sangre real, por lo que tenía que casarse con ellas un jefe. Iban vestidas a la europea. Los niños eran mestizos y, en muchos casos, prácticamente blancos. Tenían una escuela para ellos que dirigía una institutriz blanca.
Dunn tenía otras dos fincas, Inyazone e Ingoya.
Cenamos hacia las seis y media. El único criado era un zulú desnudo que, para la ocasión, se había puesto un calzón corto, muy corto. Dunn parecía muy callado, incluso triste, y algo sordo. Pero sabía ver y disfrutar una broma cuando surgía. Su mirada, rápida y clara, llamaba enseguida la atención.
Después de la cena leí parte de su autobiografía. Era muy interesante leer sobre la inmensa cantidad de animales que solía ver en el país que había recorrido, donde nosotros apenas habíamos visto alguno.
¡John Dunn, a pesar de haberse casado tantas veces, era un hombre muy religioso y muy escocés!
El fin del espectáculo
En conjunto, la campaña fue un ejemplo más de lo inútil que resulta dividir la autoridad entre los poderes civil y militar una vez que se ha recurrido a la fuerza militar.
A los soldados, en cualquier caso, nos sirvió de experiencia, sobre todo a los oficiales jóvenes, entre los que estaban el futuro mariscal de campo lord Allenby (de los Dragones de Inniskilling), el general Sir M. Rimington (del mismo regimiento) y el general Sir Archibald Murray.
En cuanto a mí, disfruté de la salida, y no solo me aportó experiencias valiosas, sino también un ascenso. Las autoridades seguían objetando que no podía ocupar el puesto de secretario militar porque no era más que capitán, y el general les replicó que, puesto que yo había desempeñado esas funciones en servicio activo, estaba perfectamente capacitado, y que, para resolver la dificultad, lo mejor era nombrarme mayor. ¡Y eso hicieron!
Así que me ascendían antes de tiempo por cuarta vez. ¡Y luego dicen que la suerte no existe!
Después de Sudáfrica pasé tres años en Malta como secretario militar y oficial de inteligencia; un trabajo fascinante.
Estando destinado en Irlanda con mi regimiento, metí la pata de una manera que tuvo grandes consecuencias en mi carrera.
Un día que estábamos de maniobras en el campo, mandé a algunos de mis hombres que arrastraran ramas de árbol por un camino polvoriento para atraer la atención del enemigo mientras yo capturaba sus cañones.
El truco salió bien, pero lo había visto el comandante en jefe, lord Wolseley, y, para mi alarma, me mandó llamar. Esperaba que me expulsaran del servicio sin más por hacer el ridículo, pero, para mi sorpresa, me recomendó encarecidamente para un ascenso.

Poco después me llamó al Ministerio de la Guerra y me dijo que me había elegido para ir a la costa occidental de África a reclutar y mandar un contingente de nativos para la expedición de Ashanti.
—No es un servicio de caballería —me explicó—, pero sí uno en el que podrá aprovechar sus habilidades.
Con una leva de nativos en Ashanti
Desembarqué en Cape Coast Castle con el capitán Graham, del 5.º de Lanceros, como ayudante, y me puse a trabajar en organizar un contingente de ochocientos guerreros nativos de ocho tribus de la zona. Cada tribu formaba una compañía al mando de su rey. (N. del T.: el capitán Graham tenía la D.S.O., medalla de la Orden de Servicios Distinguidos.)

Trabajos de pionero
La tarea de mi fuerza consistía en adelantarse al grueso de la tropa, formado por soldados blancos y tropas del Caribe británico, para explorar la espesura con algunos días de ventaja y averiguar los movimientos del enemigo y cualquier otra cosa sobre él. También teníamos que hacer de pioneros, abriendo un camino a través de la selva para que lo siguieran las tropas; y aquello resultó ser un trabajo nada ligero.
Más o menos cada siete millas preparábamos un campamento de descanso para la tropa: despejábamos un gran claro en el bosque y levantábamos cobertizos de madera techados con hojas, con grandes camastros de bambú para que los hombres pudieran tumbarse. Construíamos también almacenes donde descargar las provisiones y, alrededor de todo, levantábamos empalizadas para defender el lugar si hacía falta.
De vez en cuando teníamos pequeños motines. Los constructores de puentes, por ejemplo, se negaron un día a trabajar porque no les habían dado suficiente sal en la ración, y una vez tuve que mandar a otra compañía a detener a su rey y hacerles entrar en razón de una forma u otra.
Los primeros en amotinarse fueron los de mi propia guardia personal, hombres traídos de Sierra Leona. Había salido del campamento a pasear con mi rifle por el camino por el que habíamos venido y, al volver, me encontré a mis ocho guardaespaldas intentando escabullirse por el camino de la costa.
Se quedaron horrorizados ante aquel encuentro inesperado y, como iban en fila india por el camino, les hice ver con un ruido de mi rifle de repetición que los tenía apuntados y les dije que dieran media vuelta y desanduvieran sus pasos, o el rifle empezaría a «hablar».
Al volver al campamento llamé a Alí, mi ordenanza hausa, y los dejé detenidos bajo su custodia.
Un hausa tiene un carácter muy distinto del común de los hombres de la costa y goza entre los demás de un prestigio considerable, como le ocurre a un zulú entre los otros cafres de Sudáfrica.
Desde mi tienda observé con interés cómo trataba después a los prisioneros.
Cortó un arbolito y lo colocó a un pie del suelo; luego hizo que los ocho hombres se sentaran en el suelo con las piernas metidas por debajo del tronco y los pies al otro lado. Entonces cada uno tenía que inclinarse hacia delante hasta tocarse los dedos de los pies con los de las manos, y el hausa fue atándole a cada uno los pulgares a los dedos gordos de los pies.
Esa era su idea de un cepo, y así los dejó para que pasaran la noche. Sin embargo, a los prisioneros se les ocurrió un método para quedar libres, o al menos eso creyeron. Uno de ellos se puso a dar alaridos lastimeros con todas sus fuerzas y, en cuanto se le acababa el aliento, el siguiente tomaba el relevo, y así sucesivamente. Pensaban que así me molestarían lo bastante como para que ordenara soltarlos.
Pero antes de que yo pudiera sugerirle una solución, el hausa ya había encontrado una. Cortó una vara delgada y flexible, se acercó al cantor, le dio un azote en la espalda y se quedó de pie detrás del siguiente, listo para actuar en cuanto empezara su canto.
El canto cesó como por encanto y no volvió a oírse.
El efecto moral de este pequeño episodio en el resto de mi fuerza fue excelente.
Cómo dieron por muerto a Ginger
Mi oficial blanco cayó enfermo de fiebre y lo sustituyó otro, y a este otro más, hasta llegar a no menos de cinco relevos, pero yo tuve la suerte de librarme de la enfermedad. Tenía tantas cosas que hacer que, en realidad, no me quedaba tiempo para ponerme enfermo.
En una ocasión tenía a mis órdenes a «Ginger» Gordon, del 15.º de Húsares, y lo puse al frente de una parte de mi columna para abrir un camino paralelo al mío, a tres o cuatro millas de distancia, con el fin de intentar rodear el flanco del enemigo, que se había concentrado en masa en Kumasi.
En aquella soledad, y como íbamos por delante de los carros de abastecimiento del ejército, la buena comida no abundaba. Así que fue todo un lujo el día en que mis exploradores se las arreglaron para conseguir un cabrito.
Pensando en compartir aquel lujo con Gordon, le envié una parte con un corredor nativo, con una etiqueta atada en la que había escrito «Mayor Gordon» y la fecha en que se había matado el cabrito.
Lo normal habría sido que él pusiera sus iniciales en la etiqueta y la devolviera para demostrar que había recibido el regalo sin problemas. Pero el mensajero no pudo encontrarme, porque yo había cambiado de posición. En cambio, dio con una avanzadilla de mi columna principal y entregó la etiqueta al oficial al mando, que leyó: «Mayor Gordon muerto el 14 de abril», y debajo unas iniciales ilegibles. Convencido de que era una noticia auténtica, el oficial envió un parte al cuartel general diciendo que el mayor Gordon había muerto.

Enseguida empecé a recibir mensajes que preguntaban dónde había sido la batalla y por qué no había dicho nada. Me costó un tiempo aclarar el malentendido que había provocado aquel trocito de etiqueta.
La expedición logró tomar Kumasi y capturar al rey Prempeh. Se hizo sin derramamiento de sangre, sobre todo gracias a la rapidez de los movimientos y a que superamos al enemigo en maniobra. Se puso fin a los sacrificios humanos, y Kumasi, que había sido el «Lugar de la Sangre», es hoy una ciudad moderna y trabajadora.
El Gran Cuenco de las Ejecuciones, que yo me llevé del santuario de Bantama, puede verse ahora en el Royal United Service Museum de Whitehall.
