Lecciones de la universidad de la vida
5. Vida de soldado
Lanzado al ejército
La segunda bomba de mi vida me estalló encima unos cuatro meses después de dejar el colegio. Estaba a bordo del Gertrude, un yate del profesor Acland, catedrático regio de Medicina en Oxford (N. del T.: título que se da al profesor que ocupa una cátedra fundada por el rey), viejo amigo de mi padre y colega suyo cuando este era profesor saviliano de Geometría.
Entre los invitados a bordo estaba el deán de Christ Church, el célebre y bondadoso teólogo, el anciano doctor Liddell.
Una mañana, el deán vino a decirme que, según el periódico, alguien con mi mismo nombre y apellido había aprobado el examen de ingreso en el ejército. ¡Y allí estaba mi nombre, negro sobre blanco!
Bueno, a estas alturas el Consejo del Ejército ya no me puede dar de baja, así que puedo confesar que entré en el ejército prácticamente gracias a un fraude. Me explico: entré por examen, pero un examen no sirve de mucho para medir la capacidad de nadie.
Cuando me presenté al examen del ejército, lo hice, como es natural, sin muchas esperanzas de aprobar. En realidad me lo tomé con calma, como un paseo a caballo por la pista.
En Euclides nunca conseguí pasar del pons asinorum (N. del T.: «el puente de los asnos», un teorema tan fácil que hasta los burros lo superaban; es decir, que no aprendió nada), pero con cierta astucia lo puse todo por escrito según el método de Loisette, que era el sistema Pelman de aquellos tiempos, y me aprendí de memoria los libros de Euclides que exigía el examen del ejército. El éxito fue completo, aunque el verdadero significado de aquellos problemas fue entonces, y sigue siendo hoy, un libro cerrado para mí.
Otro consejo para aprobar exámenes
Al principio de mi carrera militar empecé mi vida de autor escribiendo un pequeño manual para uso de mis subordinados, titulado Reconocimiento y exploración (Reconnaissance and Scouting). Más tarde, cuando me presenté al examen de ascenso y llegué a la materia de reconocimiento, el examinador me preguntó si yo era el autor del manual sobre el tema y tuvo la delicadeza de aprobarme sin hacerme ninguna otra pregunta.
Así que mi consejo, para cualquier candidato que dude de su capacidad para aprobar una materia, es que escriba un libro sobre ella y se lo haga saber al examinador. El material para ese libro, por supuesto, puede sacarlo de los muchos libros que ya existen sobre la misma materia.
En el Estado Mayor
Con el tiempo entré en el Estado Mayor en el humilde puesto de ayudante de campo del general H. A. Smyth, comandante en jefe en Sudáfrica.
Cuando llegó al regimiento la noticia de que me habían concedido aquel puesto, los hombres de mi escuadrón me regalaron una felicitación ilustrada, impresa en raso blanco, en la que me deseaban generosamente toda clase de éxitos. Los obsequios de la tropa a sus oficiales están terminantemente prohibidos; pero, pregunto yo, ¿qué puedes hacer cuando te lo ponen en la mano ellos mismos? En cualquier caso, es uno de los mayores tesoros que tengo.
Mi experiencia anterior en el Estado Mayor había sido en la India, cuando me destinaron temporalmente al del duque de Connaught, mientras Su Alteza Real mandaba una división en Meerut. Nunca hubo tres jefes militares de métodos y carácter más distintos que aquellos tres a cuyas órdenes serví directa y personalmente.
Sir Baker Russell, un jefe de caballería lleno de empuje, no sabía ni una palabra de mando tal como viene en los manuales, pero se lanzaba a la acción con un conocimiento instintivo de lo que hacía falta y, a fuerza de empuje y de determinación, sacaba adelante el asunto en cualquier terreno, tanto si la pelea era en el campo contra el enemigo como si era sobre el papel contra «las autoridades».
El duque de Connaught, hombre de gran mundo, tenía el don extraordinario de ver el lado humano de cada empresa. Sabía hasta dónde podían llegar sus oficiales y sus hombres y, gracias a su simpatía personal y a que recordaba a cada persona con la que trataba, se ganaba la entrega total y la dedicación al trabajo en equipo de quienes estaban a sus órdenes.
Mi nuevo jefe, sir Henry Smyth, era casi lo contrario de sir Baker Russell: muy lento y cuidadoso al deliberar, estudiaba cada cuestión o cada plan desde todos los puntos de vista, en sus principios y en sus detalles, con un juicio equilibrado, y gracias a su reflexión serena y a su experiencia se libró de caer en muchos errores fatales.
Para un joven oficial que aprendía el oficio en el Estado Mayor, aquellos maestros eran una guía de valor incalculable, siempre que tuviera el sentido y la capacidad de seguir su ejemplo.
La vida de un ayudante de campo
La vida en el Estado Mayor de El Cabo, a las órdenes de un general muy querido y de su apreciada esposa, fue una experiencia feliz y agradable. No era precisamente lo que se dice vida militar, pero había mucho trabajo de cuartel general, sobre todo porque el puesto de secretario militar estaba vacante por un tiempo y me encargaron ocuparlo, además de mis obligaciones como ayudante de campo. Eso me dio una formación y una experiencia valiosísimas en el trabajo de Estado Mayor.
En mis ratos libres tampoco me faltaba ocupación, porque era secretario honorario del club de polo, y organicé fiestas y gymkhanas para recaudar fondos con los que construir nuestro campo y nuestro pabellón.
Y, además de todo eso, tenía que echar una mano en el teatro, en los espectáculos de pierrots, en la Sociedad de Dibujo, etc.; era segundo montero y, durante una breve temporada, director de la jauría de caza del zorro de El Cabo.
En aquella época el gobernador de El Cabo era sir Hercules Robinson, más tarde lord Rosmead. Era el típico gobernador colonial, muy británico, diplomático y deportista, y conseguía parecer las tres cosas a la vez.
Lady Robinson, por su parte, tenía todo el aspecto de una duquesa, serena y muy segura de sí misma. Y me hizo pasar uno de los ratos más aterradores que me tenía reservados la vida.
Quería conseguir su patrocinio para un concierto que estaba organizando, y fui a la residencia del gobernador con ese fin. Yo era un oficial muy tímido y esperé hasta el último momento que no estuviera en casa. Pero allí estaba, así que no tuve más remedio que presentarme.
Aunque me examinó con sus impertinentes, Su Señoría no los necesitaba para ver que yo estaba aterrado. Me sometió a un minucioso interrogatorio sobre lo que sentía por cada una de las encantadoras jovencitas de El Cabo, y parecía que me tenía en menos a medida que repasábamos la lista sin hacer ningún descubrimiento emocionante.
Por fin, cuando yo ya era un manojo de nervios, me preguntó:
—¿Y el concierto? ¿Va a cantar usted alguna de sus imitaciones de prima donna?
Pensando que así le daría gusto, le dije que sí.
—Entonces cántela ahora —me ordenó.
No había escapatoria. Titubeé, busqué alguna salida, pero no había más remedio. ¿Os lo imagináis? Solo e indefenso bajo aquella mirada implacable, empecé a cantar a duras penas, con mi falsete ridículo y agudo, aquellos números que me habían convertido en un héroe sobre el escenario.
Ahora no quedaba mucho del héroe. Pero poco a poco me iba animando cuando, en mitad de una proeza vocal que estremecía las notas más altas de mi registro, se abrió la puerta y entró un criado seguido de un imponente mayordomo que nos traía el té. No sabía si parar o qué hacer. Lo único que quería era que me tragara la tierra. Pero seguí adelante, llevé mi actuación hasta el final y puse en juego todas mis dotes dramáticas para explicarle a ella, en beneficio del mayordomo, que aquella era la clase de cosas que esperábamos ofrecer en el concierto.

Entonces me sirvió el té, y pronto descubrí que, bajo aquel exterior que a mí me resultaba tan temible, había un alma llena de humor y un corazón rebosante de bondad.
En conjunto, me movía ahora en un ambiente muy diferente del militar, y durante un tiempo fue un cambio agradable. Era, desde luego, muy divertido y se comía muy bien, cuando… ¡estalló una bomba!
Zululandia
Llegó de Zululandia un telegrama alarmante: los usutus (N. del T.: así llama Baden-Powell a los guerreros zulúes de Dinuzulu) se habían alzado en armas. Habían derrotado a la policía, y unas tropas de Natal enviadas para reforzar a las fuerzas civiles habían sido rechazadas con bajas. Ya estaba el lío armado.
El gobernador de Natal (que lo era también, casualmente, de Zululandia) estaba muy preocupado. Quería más tropas como refuerzo, pero, como era por su cargo «comandante en jefe» de Natal, no quería generales militares metidos en la lucha. Sin embargo, el general Smyth comprendió que, si había tropas, tenía que haber transporte, intendencia, organización, hospitales y remonta, y que cada hora de retraso agravaría el alboroto; así que, sin más complicaciones, dio las órdenes necesarias y embarcó enseguida con su Estado Mayor hacia Natal y Zululandia.
Una vez más, la suerte estaba de mi lado. El puesto de secretario militar seguía vacante en aquellos días, a la espera de un oficial superior que debía venir nombrado desde Inglaterra, y me designaron para ocuparlo provisionalmente con el grado de oficial superior.
El Estado Mayor estaba formado así:
- Comandante en jefe: teniente general H. A. Smyth.
- Ayudante general: coronel Curtis, C.M.G. (Compañero de la Orden de San Miguel y San Jorge).
- Delegado del ayudante general adjunto: mayor Gordon.
- Secretario militar: capitán Baden-Powell.
- Ayudante de campo: capitán H. Robinson.
- Jefe del Cuerpo de Servicios del Ejército: coronel Christie.
- Jefe de Sanidad: coronel médico Faught.
- Comandante de la leva nativa: coronel sir F. Carrington.
John Dunn
Nunca olvidaré mi primer encuentro con un ejército zulú. Iba con mis tropas camino de Zululandia cuando nos topamos con un grupo de guerreros encabezado por un hombre blanco a caballo. Era John Dunn, seguido por unos cuantos de sus hombres de confianza. John Dunn era un viejo comerciante escocés que había vivido entre los zulúes desde niño, y estos lo apreciaban y confiaban tanto en él por su honradez y su valor que había llegado a ser el principal consejero de Cetshwayo.

Incluso cuando los zulúes rompieron las hostilidades contra los británicos y Cetshwayo, creyéndose invencible, pensaba invadir y conquistar todo Natal, nadie le hizo daño a Dunn. Llegó a intentar convencer a aquel gran jefe de que su rebelión acabaría en desastre.
Si alguien de su propio pueblo se hubiera atrevido a decirle eso, Cetshwayo lo habría matado en el acto; pero a Dunn le tenía un gran respeto.
No hizo caso de su consejo, y vivió para lamentarlo cuando su enorme ejército fue aplastado en la batalla de Ulundi y él mismo cayó prisionero.
Tras esta derrota, lord Wolseley dividió Zululandia en ocho provincias, cada una al mando de un jefe distinto, y John Dunn fue uno de ellos.
Cuando nos encontramos con John Dunn, nos dijo que traía su regimiento, su impi, para unir fuerzas contra lo que quedaba de la nación zulú.
Un impi zulú
Poco después oí un sonido a lo lejos. Al principio me pareció un órgano tocando en una iglesia, y por un momento pensé que debíamos de estar acercándonos a alguna misión en lo alto de la colina.
Pero al llegar a la cima vimos avanzar junto a nosotros tres largas hileras de hombres que marchaban en fila india cantando himnos magníficos.
Tanto la vista como el sonido eran impresionantes.
Y los hombres tenían un aspecto igual de espléndido. Por lo general eran tipos bien formados, fuertes y musculosos, de caras alegres y atractivas de un intenso color bronce, adornados con plumas, pieles y colas de vaca.
Llevaban muy poca ropa; tenían el cuerpo moreno untado de aceite y parecían estatuas de bronce. Se cubrían la cabeza con plumas de avestruz y llevaban faldellines ondulantes de colas de zorro y tiras de piel, y alrededor de las rodillas y los codos lucían colas de vaca bien ceñidas, en señal de que estaban en pie de guerra.
Llevaban grandes escudos de piel de buey en el hombro izquierdo, de un color distinto para cada regimiento, y en la mano derecha dos o tres azagayas arrojadizas para atacar al enemigo y una azagaya de hoja ancha que reservaban para el cuerpo a cuerpo; de la cintura les colgaba una porra o un hacha con el mismo fin.

Con cuatro grandes impis como estos en contra, era un alivio tener a mano una fuerza parecida de nuestro lado, y a las órdenes de un hombre como John Dunn. Él y sus exploradores fueron de un valor incalculable.
Además de ellos, nuestras fuerzas estaban formadas por destacamentos de:
- El 6.º Regimiento de Dragones (Inniskilling).
- La Artillería Montada.
- Los Royal Scots.
- Los Fusileros de Inniskilling.
- El Regimiento de North Staffordshire.
- 200 basutos montados.
- Una tropa de voluntarios montados.
Una columna volante
El general, nada más llegar al país, se puso manos a la obra sin perder tiempo. Aprovechando el éxito del mayor McKean en el sur, estableció una línea de puestos fortificados para impedir que el enemigo volviera, y preparó el ataque contra los distintos impis hostiles, uno por uno, antes de que pudieran reunirse.
Pero lo primero y más urgente era liberar a Pretorius, un magistrado al que los zulúes tenían sitiado en su casa. Para ello se formó rápidamente una columna volante compuesta por 400 soldados de infantería montada y dragones, dos cañones, 200 hombres entre basutos y policía nativa, y los 2000 zulúes de John Dunn.
Esta fuerza quedó al mando del mayor McKean, que me llevó como oficial de Estado Mayor.
Nos pusimos en marcha el 7 de julio y en dos días cubrimos las primeras cincuenta millas, con el enemigo rondando a nuestro alrededor. El primer día no se atrevieron a atacar, pero el segundo cargaron contra nuestra retaguardia y mataron a cuatro de nuestros hombres. Aun así, los rechazamos con facilidad.
Después del combate pasamos una noche húmeda y espantosa que nunca se me ha borrado de la memoria. Viajábamos ligeros, sin tiendas, solo con unos pocos carros tirados por mulas que llevaban las raciones y el forraje.
McKean y yo nos echamos a dormir debajo de uno de los carros, pero aquello era un refugio de pena: el suelo era barro blando, húmedo y muy frío, y la lluvia se colaba entre las tablas del fondo del carro y nos caía encima como un arroyo continuo.
Nos las arreglamos para encender un fuego cerca y nos sentamos a su lado con las mantas impermeables sobre la cabeza.
Uno de nuestros zulúes volvió del combate cargando a la espalda a una niña herida. Nos sorprendió que un zulú salvara a alguien del bando enemigo, así que le preguntamos por qué lo había hecho. Nos contestó que era su sobrina, que vivía en una choza cerca de la línea de fuego; una bala le había entrado por el vientre y la había atravesado de lado a lado.
No teníamos médico, así que McKean y yo nos ocupamos de ella. Era muy valiente y se arrodillaba cuando se lo pedíamos para que pudiéramos curarle las heridas. Lo único que llevaba puesto era un cinturón de cuentas y un collar, también de cuentas blancas y negras. Así que le buscamos un saco grande y grueso, le hicimos agujeros para la cabeza y los brazos, se lo pusimos y la acomodamos junto al fuego. Después calentamos un poco de sopa, se la dimos, y dejamos a la niña al cuidado de su tío mientras nos retirábamos a nuestro dormitorio bajo el carro, con pocas esperanzas de dormir.
Debajo del carro estás tumbado de lado sobre el barro, intentando entrar en calor, y la imaginación echa a volar. Pero cuando se te cansa la cadera y te das la vuelta, el barro nuevo está tan frío y tan húmedo que no te quedan ganas de volver a hacerlo. La lluvia que te cae encima moja de verdad, pero tiene una ventaja: lava buena parte del barro que te salpica y te chorrea sin parar por culpa de las mulas que chapotean en el fango alrededor del carro.
Fue una noche deliciosa.
Al cabo de un rato, la pobre niña que estaba junto al fuego empezó a gemir. Me levanté y fui a ver cómo estaba. Allí estaba otra vez desnuda, empapada por la lluvia, mientras su tío, acurrucado, se había echado el saco de ella sobre los hombros y fumaba en pipa. Fui hacia él furioso y le di una patada antes de que desapareciera en la oscuridad llevándose el saco.
McKean vino a echarme una mano para intentar que la niña estuviera más cómoda. La tapamos con su impermeable y le dimos más sopa. Pero antes del amanecer murió.
Teníamos que ponernos en marcha muy temprano, antes de que despuntara el día, así que entre los dos la metimos en la madriguera de un oso hormiguero, la cubrimos lo mejor que pudimos y echamos un montón de ramas espinosas sobre la tumba para mantener alejadas a las hienas.
Después de enterrarla me tomé la libertad de quedarme con su collar, y lo he conservado desde entonces como recuerdo.
Liberamos a Pretorius y lo encontramos en su puesto, bien fortificado y abarrotado de comerciantes con sus mujeres y sus hijos, y de nativos amigos de los alrededores. Había resistido con éxito un fuerte ataque, pero había tenido cuarenta muertos y catorce heridos antes de rechazarlo. Él mismo había hecho algunos disparos muy certeros y había matado a dos hombres que estaban bajo un árbol a unas novecientas yardas (más de ochocientos metros) del fuerte.
Mejoramos sus fortificaciones, le dejamos una pequeña guarnición para protegerlo y volvimos al cuartel general llevándonos a las mujeres blancas y a los niños.
También nos llevamos a uno o dos nativos gravemente heridos en la defensa de la posición de Pretorius, y a un comerciante que se había salvado de milagro cuando los zulúes le capturaron el carro. Tenía dos heridas en la pierna.
Como médico aficionado de la columna, tuve mucho trabajo con los heridos; algunas de sus heridas no se habían curado ni atendido de ningún modo desde que las recibieron.
Una de las mujeres blancas estaba muy enferma de disentería, así que tuve un aprendizaje práctico de verdad.