Lecciones de la universidad de la vida
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Lecciones de la universidad de la vida · 2. El arte: acción

Espionaje

Con el tiempo acabé haciendo trabajo de inteligencia en países extranjeros, y allí mi experiencia, la que fuera, en la actuación, el maquillaje y la caracterización me sirvió de mucho. En mi libro Aventuras de un espía (The Adventures of a Spy) he contado algunos episodios de este trabajo; en muchos de ellos el éxito dependía por completo de la propia actuación, del vestuario, de los gestos y de cosas por el estilo.

Por supuesto, hay que adaptar el personaje a las condiciones del lugar, pero, en general, la actitud que mejor resultado daba era la de una estupidez exagerada. A veces resultaba casi doloroso tener que contener la risa que bullía por dentro y no dejar asomar ni un brillo en los ojos cuando, por ejemplo, un oficial ruritano intentaba hacerle entender a uno los planes estratégicos secretos que uno había descubierto: cuanto más torpe me mostraba yo, más empeño ponía él en explicarme los detalles.

La menor muestra de interés por aprenderlos lo habría puesto en guardia (N. del T.: en el original, «qui vive», el clásico «¿quién vive?» con que el centinela pide el santo y seña); y, por otro lado, un desinterés demasiado absoluto le habría hecho darme por imposible. El delicado término medio entre ambos extremos solo se conseguía actuando con mucho cuidado. Era delicioso.

Hacer felices a los demás

La actuación da todavía otra alegría, a la que me introdujo mi coronel, sir Baker Russell: la diversión de entretener a los demás. Es un deporte tan bueno como cualquier otro en la vida, sobre todo en tiempos en que abundan el cólera y el tifus y el miedo a la muerte se extiende entre los hombres.

Un gran éxito fue el local conocido como «La Cataplasma», en Malta. Cuando estaba destinado allí en el estado mayor, me interesé por ofrecer a los soldados algún lugar de recreo fuera de los cuarteles, y mi propósito era que fuera lo más distinto posible de ellos.

Ocupamos un antiguo hospital del pueblo que estaba en desuso y lo transformamos en un club verdaderamente agradable, con teatro, salón de baile, billar, sala de lectura, gimnasio, comedor y bar (allí se permitía tomar vino, cerveza y otras bebidas alcohólicas), salas de baile y unos cuarenta dormitorios.

Un edificio contiguo se convirtió en un club de descanso y merienda para las mujeres y los niños de la guarnición.

La institución dio beneficios desde el principio, no solo económicos, sino también morales. Desde el primer día la gestionaban por completo los propios soldados: cada día se nombraban camareros entre ellos, que se encargaban de mantener el orden.

Sin embargo, surgieron protestas contra el club, en parte de los dueños de las tabernas —lo que tomamos como un elogio inestimable— y también de algunos capellanes. Así que más tarde me reuní con ellos para escuchar sus críticas.

La principal era que el club estaba situado en la peor parte de la ciudad, entre tabernas y casas de la peor reputación.

Les pregunté inocentemente:

—Si usted tuviera una llaga, ¿dónde pondría la cataplasma?

Hubo una pausa momentánea; enseguida entendieron mi punto de vista, las nubes se disiparon entre risas y desde entonces apoyaron el proyecto con entusiasmo.

Pero el nombre se quedó, y mi maravilloso club fue conocido por todo el mundo como «La Cataplasma».

Esos actores

Como fui compañero de tantos actores, encontré en ellos y en su agradable círculo una amistad cordial y duradera.

Entre otras cosas, hace pocos años fui padrino de boda de Cyril Maude, quien, para corresponderme, me acusó en su deliciosa autobiografía de lo siguiente: cuenta que, en un examen de religión, me preguntaron: «¿Qué dijo Eliseo cuando vio a Elías subir al cielo en un carro de fuego?». Y dice que yo respondí: «¿A que nunca habías visto nada igual?».

Todavía sospecho que Elías pudo decir algo por el estilo, pero en el examen mi respuesta no se dio por buena.

Un día me invitaron a comer en casa de sir Squire Bancroft, y justo cuando llegaba a la puerta vi a una dama conocida mía tocando el timbre.

Le pregunté qué hacía allí. Iba a comer con los Bancroft.

—¿Puedo entrar con usted para que me los presente? —le pedí.

—Me temo que no es posible. Voy a comer con ellos ahora —me contestó.

Pero no tomé en serio su negativa y, cuando abrieron la puerta, entré con ella.

Ella protestó, y yo insistí. Subió las escaleras y yo la seguí, y me pidió enfadada que me marchara.

Entró en el salón furiosa, y yo seguía pegado a ella.

Pero, al final, no pudo contener la risa cuando se dio cuenta de que yo era uno de los invitados.

En una de las alegres veladas de Beerbohm Tree, este me sentó junto al actor estadounidense Nat Goodwin y me dijo:

—Ya verás qué persona tan agradable es.

Pero durante un rato Nat permaneció muy callado, y lo tomé más bien por un hombre frío. De repente se volvió hacia mí y me dijo:

—¿Ha visto alguna vez subir un globo?

—Pues sí.

—Ah, pero ¿lo ha visto subir teniendo tortícolis?

—No, eso nunca.

—Pues yo tengo tortícolis.

Y nos ofreció la demostración más deliciosa de cómo se contempla la subida de un globo a través de los ojos de los demás cuando uno no puede levantar la cabeza, juzgando el carácter de cada persona por sus botas antes de preguntarle cómo iba el globo.

En aquella misma ocasión, Weedon Grossmith nos ofreció una recitación de lo más viva sobre unos labradores llamados a filas.

Enseguida encendió en nosotros el fervor patriótico. Nos condujo a la batalla, nos conmovió profundamente con su patetismo y, por último, nos arrebató con una explosión de entusiasmo leal..., sin pronunciar una sola palabra coherente en todo el discurso.

No, no quiero decir que Weedon hubiera bebido más de lo prudente; nada de eso: simplemente imitaba a un recitador que articula las palabras hasta el extremo de la superarticulación.

Sir Herbert Tree, ya mayor, me contó una vez que había encontrado a una de sus hijas, el día que cumplía doce años, vestida con ropa de chico.

Cuando le pidió que se explicara, ella dijo:

—He estado leyendo Historia y he escogido tres personajes de cada sexo para estudiarlos. He descubierto que las mujeres son malas y los hombres, espléndidos; así que, de ahora en adelante, ya no voy a ser una niña, voy a ser un hombre.

Su padre le pidió amablemente que le dijera qué hombres en concreto la habían llevado a una conclusión tan disparatada.

Ella mencionó a Ricardo Corazón de León, con toda su caballerosidad; luego, tras enumerar las virtudes de Saúl, añadió:

—Y también estás tú, papá.

Con eso bastó. Lo había conquistado.

—Pero ¿de dónde has sacado esa ropa de chico?

—Oh, se la compré por dieciocho peniques a Johnny Smile, el de al lado. Acaba de coger la escarlatina y, ahora que está en la cama, no la quiere.

Dibujar

Supongo que uno de los deseos más comunes en todo ser humano es el de expresarse mediante algún arte, ya sea la escritura, la poesía, la música, la actuación, el dibujo o la escultura.

Personalmente, me he divertido mucho metiéndome, aunque sea superficialmente, en la mayoría de estas formas de expresión artística.

Me gusta intentar dibujar. Cuando dibujo algo, es para mí una aventura emocionante, porque nunca sé cómo va a acabar. En la escuela no aprendí a dibujar, porque era una asignatura «extra» y no tenía dinero para pagarla, pero procuré aprender por mi cuenta, estudiando y copiando cuadros de artistas y fijándome en cómo conseguían sus efectos. Siempre he sacado ideas de las pinturas rupestres de los hombres primitivos: aunque eran toscas y no tuvieron maestros de ninguna clase, transmitían la vida y el movimiento de un modo admirable.

Figuras de cazadores y animales al estilo de las pinturas rupestres
Dibujos primitivos que transmiten la vida y la acción

Durante la mayor parte de mi vida me he propuesto escribir a casa cada semana, siempre que podía, y sabía que mis cartas serían mejor recibidas con dibujos; así que, cuando viajaba, solía hacerlos en el cuaderno de bocetos, a modo de diario ilustrado. Por eso tengo ahora una colección de dibujos muy completa, que me resulta útil y es un buen recuerdo de otros tiempos.

Los habría hecho mejor si hubiera tomado clases de dibujo, pero siempre es difícil encontrar tiempo para eso.

Aun así, he recibido una formación de lo más práctica desde que el Club de Dibujantes de Londres me nombró miembro honorario. Eso fue hace muchos años, y todavía hoy me permiten asistir como miembro activo. De modo que, cuando voy a sus reuniones semanales de los viernes por la tarde, cuento con su amable ayuda y sus críticas, además del inestimable privilegio de verlos trabajar y observar sus métodos.

Entre sus miembros figuran John Hassall, Dudley Hardy, Lawson Wood, Heath Robinson, Harry Rowntree, Starr Wood, René Bull, F. Shepherd y muchos otros.

¡Qué grupo tan diestro, brillante y alegre, bendito sea Dios!

Dibujar, además de darme un cuaderno de bitácora de mis viajes y algo de dinero, me enseñó a reconocer bellezas de la naturaleza que de otro modo se me habrían escapado.

Poco después de llegar por primera vez a la India, el periódico The Graphic me ofreció pagarme por bocetos interesantes del frente de guerra. Lo intenté y, para mi sorpresa y satisfacción, recibí un cheque de seis guineas por el primer envío.

No tardé en mandar otros, y así empezó una larga y alegre colaboración con ese periódico. Gracias a ella entablé una relación personal y fraternal con el señor Carmichael Thomas, por entonces propietario y director del periódico. Además, me proporcionó un dinero extra muy útil para completar mi escaso sueldo de subalterno, y así pude jugar al polo y participar en la caza del jabalí, cosas que de otro modo me habrían resultado imposibles.

Sir Harry Johnston

Otro que colaboraba mucho en el periódico en aquellos días era sir Harry Johnston, de cuyos dibujos el señor Thomas tenía la más alta opinión. Sir Harry era un «admirable Crichton» (N. del T.: alusión a James Crichton, aventurero escocés del siglo XVI célebre por sus muchos talentos): además de sus cualidades como explorador y administrador, destacaba por su elegancia en el vestir, por sus estudios sobre religión, por sus conocimientos de naturalista y por su talento como pintor realista.

Sus cuadros son notables no solo por el colorido y el buen dibujo, sino también por un cuidado extraordinario del detalle. Una de sus obras más conocidas es Guerrero masái muerto en combate. Para conseguir un efecto verdadero, tumbó a un masái en el suelo de su estudio como si estuviera muerto y empleó un galón de sangre de cordero para dar realismo a la pintura.

Mientras estaba ocupado trasladando la escena al lienzo, le anunciaron la llegada de un grupo de jefes, que entraron en el estudio sin más. La desagradable escena que encontraron fue demasiado para ellos: salieron corriendo en todas direcciones y difundieron la noticia de que, cuando el pequeño Gran Jefe quería pintar a un muerto, no tardaba en matar a alguien.

Otra lección que saco de la pintura es que los dibujos de cualquier clase me interesan y me dan más placer del que me darían de otro modo, y así soy capaz de apreciar mejor la inspiración y el mensaje que transmiten.

En estos tiempos de prisa, ruido y materialismo cada vez mayores, dibujar tiene la ventaja de sacarlo a uno del estruendo de las ocupaciones humanas y llevarlo a la atmósfera tranquila de la naturaleza, para descubrir las bellezas y maravillas que Dios ha creado para que las disfrutemos.

Escultura

Incluso he probado suerte con la escultura.

Hace muchos años, cuando estaba destinado en Malta, llegó de Italia un escultor para tallar un monumento para la catedral, y me permitió observarlo mientras trabajaba.

Un día llegué al estudio cuando él no estaba y, para pasar el rato, cogí un trozo de barro y lo modelé hasta darle la forma de la cabeza y los hombros de un marinero fumando en pipa.

Lo coloqué en la pared para divertir a sus dos o tres aprendices.

Cuando volvió y vio semejante obra de arte, preguntó quién la había hecho, y luego me dijo que fuera al día siguiente para empezar a modelar del natural.

Me consiguió un modelo de verdad: un viejo negro de Nubia, medio ciego y de aspecto lastimoso. Con unos rasgos tan marcados, el sujeto no era difícil, y el busto que hice de él tuvo éxito; tanto que, cuando se exhibió en una exposición de arte, recibió comentarios muy favorables de los críticos.

El capitán John Smith

Aquello me llenó de entusiasmo y, más tarde, de vuelta en Inglaterra, me lancé a un tema más ambicioso: un busto de mi héroe, el capitán John Smith, de Virginia.

No podía pagarme un modelo ni tampoco encontrar tiempo durante el día, así que me dediqué a ello en las horas de sueño.

Con un espejo de afeitar de tres hojas plegables pude usar mi propia cabeza, mis orejas y mi nuca como modelo. Las facciones las modelé de memoria e imaginación, tratando de reflejar en lo posible la riqueza y la fuerza de su carácter.

John Smith fue un soldado de cierto renombre y un navegante de gran experiencia, además de geógrafo, explorador y gobernador colonial.

Luchó con notable gallardía en el ejército de Segismundo contra los turcos y, tras vencer a tres de sus campeones en combate singular, recibió como distinción el derecho a llevar en su escudo de armas tres cabezas de turco cortadas.

Más tarde lo pusieron al mando de una expedición de tres barcos para explorar la costa de América, pero, al ver que aquellos barcos eran del todo inadecuados para la misión, adoptó una solución sencilla y rápida: zarpó hacia Francia, donde combatió y capturó tres naves más grandes.

Luego llevó a un grupo de colonos hasta Virginia y los estableció en un lugar a orillas del río James. Salió a explorar un poco por su cuenta, y de paso a cazar algún pato, con un indio como guía; y, para evitar que desertara, lo ató a sí mismo con sus propias ligas.

Los atacaron unos indios hostiles y, al intentar escapar, el guía cayó en un pantano y arrastró a John Smith tras él. Fue capturado y llevado ante el jefe, Powhatan, y solo se salvó de la muerte gracias a la intercesión de la hija del jefe, Pocahontas.

Después se hicieron grandes amigos. Pocahontas se convirtió al cristianismo y se casó con Rolfe, de una antigua familia del norte, que era teniente de Smith.

Busto de un hombre barbudo con armadura, de perfil
Boceto del busto del capitán John Smith

Smith resultó gravemente herido en una explosión y volvió a su casa en Inglaterra, donde descansó algunos años; finalmente murió a causa de aquella herida.

Pero hasta el final de sus días fue el más alegre de los mortales, y cuando dictaba su biografía se reía tanto de algunas de sus desventuras que su secretario confesó haberlas anotado de forma bastante imprecisa.

Era, pues, una cabeza interesante para modelar, y por suerte el resultado fue tan satisfactorio que la mandé fundir en bronce.

Poco después me invitaron a enviar algunos trabajos a una exposición de obras de arte hechas por oficiales de la Marina y del Ejército, y mandé al viejo John Smith.

El director de la galería se empeñó en llevarlo más arriba, porque pensaba que tenía algo que merecía la pena, y lo envió a la Royal Academy, que por entonces admitía esculturas. Y, para mi asombro, el busto fue aceptado.

¡Otro bombazo en mi vida!

Después no hubo continuación, porque mis obligaciones militares se volvieron muy pesadas en aquel momento y no pude hacer más. También pensé que no estaba bien tentar así a la fortuna y que lo más sensato era dormirme en los laureles. Eso hice y, salvo modelar una o dos estatuillas, desde entonces he descansado.

¿Pero qué tiene que ver todo esto con el Escultismo?

Pues que, una vez que has intentado modelar cabezas, cada vez que miras a una persona la ves desde un punto de vista distinto. Te fijas en la forma de su cabeza, en sus rasgos y en su expresión como nunca lo habías hecho antes.

Sencillamente, no puedes evitarlo. Los dedos te cosquillean por modelar esa nariz o esas cejas con un trozo de barro.

Con esta práctica llegas a recordar a personas a las que solo has visto una vez, y eso, para un detective de cualquier categoría o para un explorador, es una habilidad muy valiosa.

Cuando eres capaz de modelar una cara o una figura de memoria, puedes hacer las mejores caricaturas. En esa hora deliciosa entre el té y la cena, después de un día de caza, he hecho muchas estatuillas caricaturescas de personajes, hombres y caballos que había visto en el campo durante el día.