Lecciones de la universidad de la vida
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Lecciones de la universidad de la vida

2. El arte: acción

En Charterhouse

Estoy convencido de que representar obras de teatro, algo que fomentaba entre nosotros, cuando éramos muchachos, aquel director de la escuela de criterio amplio y mirada puesta en el futuro, el doctor Haig-Brown, tuvo un gran valor en nuestra vida posterior.

Valor educativo de representar obras de teatro

Si el director nos animaba a actuar, no era necesariamente pensando en que siguiéramos la carrera de los escenarios, sino sobre todo porque lo consideraba una parte de nuestra educación general.

Por ejemplo, gracias al teatro empezamos a apreciar, por primera vez, algo del valor y de la belleza de la expresión poética. Aprendimos a memorizar discursos, a expresarnos delante de un público sin la torpeza de quien se siente observado, a articular con claridad, a usar frases correctas y a modular la voz y el gesto para captar la atención y el interés de quienes nos escuchaban. Y, más aún, aprendimos algo muy valioso para el éxito: saber dominar los nervios. Todo eso me resultaría útil más tarde, al hablar en público.

Tres actores con trajes de época en distintas poses teatrales
Articular con claridad, modular la voz y el gesto, captar al oyente

Algunas experiencias de actuación

Echando la vista atrás, recuerdo que el ya fallecido lord Grenfell, que en aquellos días era mayor de brigada en Shorncliffe, me encargó dar a la guarnición una serie de charlas sobre, entre otras materias, las siguientes:

  • «Sobre los organillos de la antigua Roma».
  • «Sobre toda clase de máquinas de vapor».
  • «Sobre el caballo muerto y similares».

Como se ve, se esperaba de mí una amplia gama de conocimientos.

Un viejo programa me recuerda que interpreté al capitán O'Scuttle en la obra Poor Pillicoddy. Fue una función preparada por la familia Carr Glyn en Hanford, cerca de Blandford, donde vivía lord Wolverton, que tenía una magnífica jauría de sabuesos para cazar en el valle de Blackmore.

Cox and Box, la inmortal opereta de Burnand y Sullivan, es una obra que creo haber representado en veintiséis ocasiones distintas. La más notable fue la del Castillo de Ciudad del Cabo. Para esa ocasión diseñé el programa: en él se veía a Printer dentro de la casa, a Hatter fuera y al sargento Bouncer manteniendo el equilibrio entre los dos. En la parte de atrás aparecía la portada del castillo.

Tres personajes ante la puerta de un castillo: uno dentro de la casa, otro fuera y un sargento en medio, sobre una tabla en equilibrio
Diseño del programa de «Cox and Box» en el Castillo de Ciudad del Cabo

Hoy en día, cuando las jóvenes miran a sus predecesoras de la época victoriana, las encuentran ridículas y se hacen ideas imaginarias sobre lo remilgadas que eran.

Yo podría, si quisiera —pero no quiero—, contar algunas cosas de aquellas muchachas victorianas que harían que se levantaran de la silla y cambiaran más bien de opinión. Si piensas que las de ahora son las primeras que se han atrevido a cortarse el pelo y a fumar, te aseguro que hace mucho tiempo, en 1876, una dama tomó parte en una representación teatral en Charterhouse con el pelo corto y fumando, y no cigarrillos diminutos, sino puros grandes y como es debido. Estaba en la residencia de Girdlestone, y un muchacho que irrumpió en el estudio con un mensaje para el profesor, al ver aquella apariencia de feminidad moderna, se quedó tan desconcertado que balbuceó: «Señor..., quiero decir, señora..., señor..., señora, quiero decir...», y se retiró sin llegar a explicar que en la casa había un pleitista buscando problemas.

No sé decir ahora si lo hacía por el gusto de llamar la atención, pero lo cierto es que disfrutaba con la actuación por sí misma, y su práctica me llevó a experiencias nuevas e interesantes.

En una ocasión me uní a una compañía itinerante, formada en parte por aficionados y en parte por profesionales, que dirigía el autor dramático sir Charles Young y cuya primera actriz era lady Monckton. Fue una experiencia de «buenos compañeros» en la vida real.

Allí llega uno a apreciar lo dura que es la vida del actor profesional. Los ensayos eran severos y estrictos, y entonces se comprende por qué tantos actores aficionados, que están muy bien para una o dos funciones, fracasan como profesionales cuando tienen que encarnar el mismo personaje noche tras noche, semana tras semana, mes tras mes.

Un experimento en la obra «Caste»

En otra ocasión iba a representar el papel de Sam Gerridge, el fontanero de la obra Caste. Esta función tenía algo notable: los actores interpretaban el papel que tenían en la vida real, salvo el mayor Lacey, que hacía del viejo borracho Eccles, y yo, que hacía de fontanero.

Rosina Vokes interpretaba a Polly Eccles, bailarina de ballet, y los dos oficiales de caballería lo eran también en la vida real. Lacey prometió que haría todo lo posible por prepararse su papel a base de ingerir grandes cantidades de alcohol, así que a mí solo me quedaba aprender a ser fontanero.

Me puse en manos del señor Greenburg, sastre de los trabajadores de Chelsea, que me equipó con un traje usado de diario y otro de domingo. Su propaganda impresa, que yo tenía, me dio una idea de la calidad de su género:

INSOLENTE CORTADOR DE TRAPOS... «Visite a C. Greenburg, en la calle White Lion, para harapos vistosos».

«El campeón cortador antes citado ruega a sus clientes que se enteren de que ha encontrado algo sensacional, que está en exposición».

«Puede proporcionarle unos pantalones de pana o un traje lleno de pliegues laterales desde diez chelines. O trajes muy modernos, entallados, bien hechos y de telas vistosas, por nueve chelines».

Completé mi atuendo dejándome crecer una pequeña barba y sometiendo mi mano izquierda a una cura de abstinencia de agua y jabón. Me vendé la mano derecha y la colgué en un cabestrillo. Lo hice en parte para explicar por qué no estaba trabajando, y también para tener excusa si había pelea y las normas de la calle exigían echar una mano a un compañero.

Pocos días después estaba estudiando a mis modelos en los talleres y bares de los alrededores de la calle comercial.

Una mañana me uní a la multitud que se había reunido ante la verja del palacio de Buckingham para ver llegar el desfile de invitados de rango y elegancia que acudían a una recepción real.

Cerca de mí, entre el gentío, había dos muchachas bien vestidas y de buen ver.

Estaban las dos admirando un vestido que habían visto cuando un fanfarrón sucio y medio borracho las empujó para ponerse en mejor sitio y ver el espectáculo, gruñendo: «Apártese, señora».

Al instante, aunque yo no tenía intención de ponerle la zancadilla, el hombre se encontró de espaldas en el suelo. Se levantó enseguida y, a una distancia prudente, empezó a soltar una sarta de groserías mientras buscaba una piedra para darles más énfasis.

Pero antes de que pudiera hacer nada, se acercó la policía, que jugó al viejo juego de «este no es asunto mío» y miró hacia otro lado.

Mientras tanto, las muchachas me daban las gracias como si les hubiera salvado la vida y esperaban que mi brazo vendado no hubiera sufrido por su culpa. Se había roto el hielo, y pronto estábamos charlando como amigos; yo les iba diciendo quién era quién entre los personajes importantes que llegaban.

Cuando la gente se dispersó, después del espectáculo, nos despedimos; pero, a los pocos pasos, ellas volvieron corriendo a buscarme, acompañadas por un joven. Me lo presentaron: se llamaba Jim Bates, era carpintero y sería el futuro marido de Kate. Y ellas me elogiaron abiertamente como a un héroe.

Jim Bates no se anduvo con medias tintas: quisiera o no, me fui con él a tomar el té a casa de su madre, en una callejuela detrás de Westminster, y desde aquel momento quedé como buen amigo de la familia. Fui con frecuencia compañero de Jim en el trabajo y en sus ratos de ocio, y llegué a considerarlo el trabajador inglés ideal.

Gracias a sus enseñanzas, tan competentes como involuntarias, aprendí rápidamente lo que necesitaba saber sobre la forma de actuar y las costumbres de su clase, y por un método mucho más agradable de lo que habría esperado. En la familia me conocían como Charlie, y tenía libertad para entrar y salir a mi antojo.

Cuando llegó la función y pasó, las visitas a Jim cesaron de forma natural, y no volví a verlo hasta años más tarde.

Me encontraba en la revista militar del Jubileo en Aldershot (N. del T.: el Jubileo celebraba los sesenta años de reinado de la reina Victoria, que subió al trono en 1837 y murió en 1901), galopando con mi uniforme de húsar para cumplir un encargo, cuando casi atropello a un padre acalorado que llevaba a su pequeño en brazos y, al mismo tiempo, ayudaba a su mujer.

—¡Hola, Jim! ¿Cómo está usted, señora Bates? ¿No se acuerdan de mí? Soy Charlie. Tomen, enseñen esta tarjeta en la puerta del recinto y les darán un sitio mejor para ver el espectáculo. ¡Adiós!

Fue la última vez que vi a Jim Bates. Pero siempre le he guardado gratitud por haberme ayudado, sin saberlo, a representar mi papel de Sam Gerridge.

Improvisar

Una vez me llamó una compañía profesional para sustituir en Iolanthe a un actor que se había puesto enfermo. No había tiempo para ensayar, pero el papel de Willis, el centinela, era especialmente fácil: solo tenía que cantar una canción y hacer guardia sin hablar con los demás personajes.

Acababa de cantar y de dar la entrada a la protagonista cuando, en el curso de mi ronda, pasé junto al apuntador, que me dijo en voz baja:

—No está lista. Improvisa un poco.

Y me puse a improvisar. Después de mirar con cuidado a mi alrededor para asegurarme de que no había ningún oficial cerca, bajé el fusil, me lo tomé con calma y, en un monólogo, di mi opinión sobre el oficio de centinela desde el punto de vista, muy particular, del soldado: aludí a los diversos métodos con los que un soldado astuto puede librarse fácilmente de la guardia sin que lo descubran.

Con un público de soldados, entre los que se encontraba Su Alteza Real el duque de Connaught (N. del T.: uno de los hijos de la reina Victoria), mis observaciones dieron en el blanco. Tanto gustaron que el empresario insistió en que volviera a actuar la noche siguiente y repitiera mi parlamento de centinela.

En circunstancias normales me habría resultado difícil, con las prisas del momento, pronunciar un discurso sin preparación previa; pero he comprobado una y otra vez que, cuando uno tiene la atención completamente concentrada en lo que está haciendo, como ocurre en el escenario, las ideas adecuadas brotan en la mente de un modo sorprendente.

Improvisar, que suele considerarse un defecto, es en cierto modo una virtud. Sin duda desarrolla una cualidad útil para hablar en público, sobre todo si uno es diputado y tiene que lidiar con alborotadores.

Quizá lo que voy a contarte sea un chiste, pero no por eso deja de ser un buen ejemplo de improvisación.

En plena discusión política, sir George Reid, alto comisionado de Australia, fue interrumpido por un hombre del público que gritó:

—¡Es usted un villano con dos caras!

Reid se quedó mirando al alborotador una décima de segundo y respondió:

—Bueno, eso es más de lo que tiene usted... ¿O es que se ha dejado en casa la que usa allí?

Trabajar metales

Acababa de llegar a Malta después de una estancia en Sicilia. En aquella isla había comprado, como curiosidad, una de esas grandes sillas de montar con las que los nativos adornan sus caballos y mulas.

Tenía en la parte delantera una hilera de perillas de bronce sobre una especie de clavos, rematada arriba por un conjunto de banderitas de bronce. A los lados había otras perillas de bronce, más grandes y más altas.

Un amigo que me vio llegar con aquel extraño objeto me preguntó:

—¿Es un instrumento musical?

—¿Qué otra cosa crees que puede ser? —le contesté.

Entonces, con toda la seriedad de su autoridad, me pidió que lo tocara en un concierto la semana siguiente. Y lo hice.

Acordé con la orquesta que interpretaría un nocturno de gran calidad en el que yo haría de solista con mi «selurráfono». Até el instrumento con una cinta para llevarlo colgado del cuello, delante del pecho, y me puse ante la boca un peine envuelto en papel. Durante la actuación «canté» a través del peine con un falsete agudo, mientras hacía girar el instrumento por sus banderitas, tocaba las notas en las clavijas de arriba y abajo de la parte delantera y conseguía los efectos graves y agudos moviendo las clavijas de los lados.

Un hombre de levita toca un extraño instrumento con banderitas y perillas colgado del cuello
El «selurráfono», un nuevo instrumento musical

Nadie adivinó que no era un instrumento musical de verdad.

Me da miedo confesar cuántos incidentes parecidos he vivido en el pasado, pero el más importante fue el que me ocurrió en Simla.

Engaño en Simla

El capitán Quentin Agnew, ayudante de campo del comandante en jefe, sir George White, era un hombre que debería haber tenido más sentido común, pero me arrastró.

Había alquilado un palco en el teatro para un grupo de amigos nuestros y encargado una cena en el club para después de la función. Mientras nos vestíamos para la velada, se le ocurrió que podíamos disfrazarnos y presentarnos ante nuestros compañeros como desconocidos.

Dicho y hecho.

Él se vistió de corresponsal de un periódico inglés, y yo de conde italiano que trabajaba como enviado de un periódico italiano, El Roma. Supuestamente acabábamos de llegar de Europa, de camino hacia la guerra que por entonces amenazaba en la frontera de Afganistán.

Convencimos a otro ayudante de campo del comandante en jefe para que nos acompañara al teatro y nos presentara a nuestros amigos, que ya estaban en el palco. Les explicó que los dos extranjeros traíamos cartas de presentación para el comandante en jefe, y que el capitán Agnew y yo estábamos retenidos en una cena con el jefe.

—¿Podrían atender ustedes a estos extranjeros mientras tanto?

Naturalmente, esperábamos que nos descubrieran a los pocos minutos, pero, por un golpe de suerte, nuestros amigos no sospecharon nada, y la aventura salió tan bien que al final del primer acto nos presentaron a otros conocidos del teatro.

Nadie sospechó quiénes éramos; al contrario, la gente hizo a aquellos aparentes desconocidos confidencias que no habría hecho a sus propios amigos.

Viendo que al final de la velada seguíamos sin ser descubiertos, se nos ocurrió acudir a nuestra cena, no como anfitriones, sino como invitados.

A toda prisa envié una nota a un joven oficial de mi regimiento que estaba de permiso: le pedía que fuera al club, hiciera de anfitrión en mi nombre y recibiera a nuestros invitados, ya que yo estaba retenido en la cena del comandante en jefe.

En una posdata añadía que entre los invitados había dos corresponsales de guerra que no conocían el lugar y a los que debía atender de forma especial, porque uno de ellos era un conde italiano.

Cuando llegamos al club, allí estaba el crédulo subalterno esperándonos. Como no sabía italiano, se puso a hablarme en un francés más bien justito, y me entró la risa.

Por mucho que intentaba dominar los músculos de la cara, se me saltaron las lágrimas, y él me preguntó, preocupado: «Est-ce que vous êtes malade aux yeux?» (N. del T.: «¿Está usted enfermo de los ojos?»). A lo que respondí, con acento fingido: «I am a leetle sick in ze eyes» (N. del T.: frase que imita a un francés hablando inglés: «Estoy un poco enfermo de los ojos»).

Desde entonces, y durante algunos meses, la frase se hizo célebre en Simla. Cuando alguien preguntaba a otro «¿Cómo estás?», la respuesta invariable era: «I am a leetle sick in ze eyes».

Hacia el final de la cena llegó el descubrimiento. Por el rabillo del ojo vi que una de las invitadas, al pasar detrás de Agnew, lo reconocía por la espalda y se volvía para hablarle. Para su sorpresa, se encontró cara a cara con un barbudo que hablaba con acento (N. del T.: el acento típico de los barrios bajos de Londres).

Ella se alejó y le contó en secreto sus sospechas a un amigo... Comprendí que tenía que hacer algo desesperado. Así que di muestras de haber bebido más vino de la cuenta, con lo que las damas que estaban cerca de mí pensaron que era hora de retirarse. Cuando me levanté empeñado en seguirlas, el hombre que tenía más cerca me interceptó enseguida y me sujetó.

Pero yo seguí forcejeando para ir tras las damas, que se dirigían al salón contiguo, hasta que se alarmaron de verdad. Entonces me arranqué la peluca y les mostré que todo iba bien... para ellas, aunque no para mí, porque enseguida me sujetaron, me envolvieron en la alfombra y se me sentaron encima.

Al día siguiente me llamó el ayudante general, y su primera pregunta, en un tono muy serio, fue:

—¿Es usted el oficial al mando del 5.º Regimiento de Dragones?

Me pareció ver en el brillo de sus ojos que ya sospechaba algo, así que respondí con audacia:

—No, señor, aquí no. Mi regimiento está en Meerut.

Entonces se rio y dijo:

—¿Y por qué no vino anoche a mi palco del teatro?

—Señor, yo estaba con el ayudante general —respondí tranquilamente.

A eso atribuyo que me apuntara en su registro y que, poco tiempo después, me enviaran al servicio activo.

Gastar bromas, fingir, improvisar o como queráis llamarlo está muy bien, pero, como ocurre con la caricatura, aunque el objetivo sea divertir al artista y a los espectadores, normalmente sale perjudicado el que la sufre. Tomando algunas precauciones para evitarlo, hacer el tonto es un buen recurso para los espíritus jóvenes. La dificultad está en que, con demasiada frecuencia, el espíritu joven no tiene sentido para ver dónde hay que poner el límite: se excita demasiado y se deja llevar por la tontería hasta que esta se convierte en un despropósito y en un desmadre.

La caracterización tiene su valor y, en cierto sentido, puede ser muy educativa para algunas profesiones. La habilidad de disfrazarse, dar la impresión de ser otro y sostenerlo con éxito es un don que puede tener un valor inmenso en el servicio de inteligencia.

Pero para lograrlo hace falta mucha seguridad en uno mismo y confianza para salir airoso cuando la propia vida depende de ello, así que conviene haber practicado antes bastante la improvisación. (¡Estoy seguro de que los oficiales de alto rango me bendecirán por dar esta idea a sus subalternos!)