Lecciones de la universidad de la vida
Índice
Aa

Letra

Columnas

Tamaño

100 %

Interlineado

Márgenes

Modo de lectura

Lecciones de la universidad de la vida · 5. Vida de soldado

El viaje de vuelta

La última etapa la hicimos en parte de noche, así que al amanecer pude pagar y licenciar a mi ejército en Cape Coast Castle.

Luego, para tomar un buen desayuno, subí a bordo del buque hospital Coromandel. Me recibieron con mucha cordialidad y me senté en una tumbona de cubierta a esperar el desayuno; con todas las responsabilidades quitadas de encima, me quedé dormido. No me desperté hasta el día siguiente, y me encontré en la cama de un camarote muy cómodo.

Me habían dado pasaje para volver a casa en aquel barco como invitado del capellán, un antiguo compañero de colegio. Y fui testigo de un incidente divertido que sirvió de broche a la campaña.

Al llegar a los muelles de Londres, un gran barco atracó justo antes que nosotros. Mientras lo hacía, una banda empezó a tocar «Ya llega el héroe vencedor» (See the Conquering Hero Comes), y un nutrido grupo de generales y de oficiales del Estado Mayor del Ministerio de la Guerra formó sobre una alfombra roja para recibirlo a su llegada.

Cuando remolcaron nuestro barco al otro lado del muelle, la banda dejó de tocar de golpe, y se vio a los músicos, a los generales y al Estado Mayor dejar el primer barco y rodear el muelle a toda prisa para recibirnos a nosotros. Había sido un pequeño error.

El primer barco era el que traía de Sudáfrica, como prisioneros, a los oficiales y soldados implicados en el caso Jameson, para que fueran juzgados y castigados en Inglaterra. Ni «héroes vencedores» ni alfombras rojas venían muy a cuento.

«Para extender la idea y la administración británicas por toda esta nueva región (Ashanti), habrá que hacerla producir gloriosos frutos en el comercio y en las finanzas… No es pequeña ventaja para nuestros comerciantes descubrir en Ashanti un nuevo mercado que, bien organizado, debería generar en pocos años dos o tres millones de libras anuales en pago de productos británicos. Más aún, al imponer de forma definitiva y firme la paz de la Reina sobre esta gran región nativa, en lugar del régimen degradante, desmoralizador y empobrecedor que ahora domina, quizá llevaremos a cuatro o cinco millones de nativos todas las ventajas de la industria, del comercio pacífico y del alto principio del orden, la justicia y la buena voluntad para con todos los hombres, que son, después de todo, los principios rectores que enseña nuestra firme religión nacional».

Sir George Baden-Powell, Política y riqueza en Ashanti (Policy and Wealth in Ashanti), 1896

La profecía de mi hermano se ha cumplido. Ashanti es hoy una colonia muy próspera del Imperio, y Kumasi, una ciudad moderna con ferrocarril, luz eléctrica, cines y coches.

El soldado de antes y el de ahora

He tenido la suerte de servir tanto con soldados de servicio largo como con soldados de servicio corto.

Estuve a punto de llorar cuando vi marcharse en tren a un grupo de hombres de mi regimiento que habían cumplido su tiempo: unos, doce años de servicio militar, y otros, veintiuno. Eran unos compañeros espléndidos en la cumbre de su condición militar: pulcros, despiertos, eficaces, llenos de esprit de corps y orgullosos de sí mismos y de su regimiento.

Aún hoy puedo recordar a la mayoría por su nombre y por su cara, aunque de aquellos días hace ya cincuenta años.

Eran muy distintos de los soldados de hoy: otro tipo de hombre, con otro tipo de formación.

El soldado de servicio corto de hoy se forma para ser un miembro inteligente del equipo. Su disciplina nace sobre todo de dentro, de modo que es más sobrio y se porta mejor; es un individuo más inteligente y mejor combatiente que sus predecesores.

Al soldado de antes se le formaba con un patrón común, mediante un largo curso de disciplina, para convertirlo en un engranaje de la máquina, fiel como un perro a sus oficiales y tan dependiente de ellos como un perro de su amo.

Pero incluso en aquella máquina que los hacía a todos iguales se encontraban caracteres singulares.

En mi escuadrón había, entre otros, un viejo con mucha personalidad, el herrador Gauld, un escocés que se nos había unido procedente del 92.º de Highlanders. Era un tipo fornido, tosco y entrado en años, muy reservado, que pasaba sus ratos libres tejiendo plácidamente sus calcetines.

Pero si, en alguna rara ocasión, se le calentaba la sangre, tenía un puño como un martillo de herrero. Una de esas ocasiones se presentó cuando a nuestro regimiento lo trasladaron de improviso a un nuevo destino para sustituir a otro que habían tenido que retirar por sus roces con los vecinos.

La misma tarde de nuestra llegada al nuevo acuartelamiento, Gauld se encendió. Estaba dando un paseo tranquilo para conocer el nuevo acantonamiento cuando le salieron al paso tres hombres del regimiento que aún quedaban allí. Pero los derribó a los tres y se trajo a uno como trofeo.

Luego se supo que sus asaltantes no sabían nada del cambio de regimientos y que, al ver que era de caballería, lo habían tomado por uno de sus antiguos enemigos.

La fama de su fuerza corrió enseguida y valió a nuestro regimiento la admiración absoluta de los vecinos, y a Gauld, una buena ración extra de cerveza.