Lecciones de la universidad de la vida
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Lecciones de la universidad de la vida · 2. El arte: acción

Bailar

También soy un gran partidario del baile, y siempre he creído que la práctica que adquirí aprendiendo a bailar fue la principal responsable de la relativa facilidad con que, más tarde, dejaba atrás a mis perseguidores cuando los guerreros matabeles me daban caza entre las rocas de las colinas de Matopo, en Rodesia.

El baile me dio equilibrio y dominio de los pies y las piernas, de modo que podía saltar con seguridad de un saliente a otro, mientras que los matabeles, que eran hombres de las llanuras y no estaban acostumbrados a ese terreno, trepaban y tropezaban trabajosamente detrás de mí.

Así que hasta el baile acabó siendo una preparación útil para ser explorador.

Escuela de música: instrumental

Cuando estaba en Charterhouse, entré en el cuerpo de cadetes como corneta, tocaba el corno inglés en la banda y el violín en la orquesta.

En la orquesta teníamos un sistema muy bueno: cada muchacho la dirigía por turnos.

Este aprendizaje dio dos resultados útiles cuando me incorporé a mi regimiento. Como conocía bien la música de banda, con el tiempo me nombraron presidente de la banda, y sin duda debí de ser una molestia considerable para su director.

Aun así, cuando él estaba ausente, yo era capaz de ocupar su puesto y dirigir la orquesta del regimiento.

Además, como estaba acostumbrado al toque de clarín, podía tocar mi propia trompeta (quizá pienses que ya me la estoy tocando bastante en estas páginas) y así transmitir mis órdenes al instante, sin el retraso habitual de tener que decirle al corneta lo que debía tocar.

Esos fueron mis primeros pasos en la música vocal e instrumental en la escuela, que más adelante me sirvieron de diversas maneras en mi carrera.

«Home, Sweet Home»

John Hullah era nuestro maestro de coro en Charterhouse. El primer día que estuve allí descubrió que yo tenía voz de falsete, como él.

Y hablando de John Hullah y de su canto, otro músico muy conocido, Paolo Tosti, venía a menudo a nuestra casa, y yo disfrutaba oyéndole cantar «Good-bye». Creo, por lo que recuerdo, que su voz no estaba a la altura del sentimiento que ponía al cantar.

Supongo que fui uno de los últimos en oír a Adelina Patti en su incomparable interpretación de «Home, Sweet Home». Fue después de una comida privada en su casa, cuando la convencimos para que cantara, mucho después de haberse retirado de los escenarios.

Probablemente su voz ya no habría lucido en una sala de conciertos, pero, contenida como estaba, en su propio salón sonaba perfecta y nos dejó embelesados. Cuando terminó, nos quedamos en silencio.

Qué poca gente recuerda al autor de esa canción. Yo he visto su tumba varias veces: yace en un pequeño cementerio abarrotado, en una calle secundaria de Túnez, donde Payne había sido secretario del consulado estadounidense. Murió en el olvido, pero su canción ha sobrevivido.

El ritmo gobierna algo más que el mundo: reina en todo el universo. Pero en esta época de prisas y velocidad corría peligro de quedar ahogado, hasta que llegó el jazz y lo reforzó con un tambor. Así que hasta en el jazz hay algo que vale la pena, si sabes encontrarlo.

El tambor de Melba

Y hablando de tambores... Una vez comí con Melba en su preciosa casa de Australia y, entre otras experiencias interesantes, pasé revista a su Tropa Scout. Entre los muchachos había uno que, según me dijeron, tocaba el tambor como un ángel.

Hasta entonces yo había creído que a los ángeles les iban más las arpas. Pero cuando aquel chico empezó a tocar me di cuenta, por primera vez en mi vida, de que aquello era algo más que golpear a tiempo, algo más que ritmo: era verdadera música, bien tocada en un tambor.

La afición al arte tiene su utilidad

Me temo que, por lo dicho, sospecharás que, aunque fui aficionado al arte, nunca me lo tomé muy en serio. Y aciertas.

Me tendrás por una especie de charlatán que se justifica por haber hecho de cantante cómico, de actor o de bailarín. Te sentirás tentado a decirme: «¿Es que no tienes sentido de la dignidad?», y cosas por el estilo.

Pero no me arrepiento, y además tengo detrás de mí una buena autoridad, Horace Walpole, que dice: «Una canción despreocupada, con un poco de disparate de vez en cuando, no desdice ni de un monarca». ¡Pues ya está!

Me perdonarás que me tome a broma esta confesión pública de mis gustos, buenos o malos, y de una educación que fue la preparación para la carrera que acabé siguiendo, como militar y como scout, y para el gozo de la felicidad de vivir.

Como ya dije, la felicidad no consiste solo en disfrutar de las cosas buenas de la vida y de las bellezas y maravillas de la naturaleza, sino que nace sobre todo de la costumbre de hacer felices a los demás.

En realidad, buena parte de mi aire de frívolo aficionado a las artes no fue inútil, porque sirvió para divertir a otros, que muchas veces tenían una gran necesidad de diversión.